SE BURLARON DEL NUEVO POR LLEGAR EN UNA MOTO OXIDADA.

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En aquella universidad privada, el estacionamiento parecía más una exhibición de automóviles de lujo que el parqueo de un centro educativo.Desde temprano podían verse deportivos, camionetas de alta gama y vehículos que costaban pequeñas fortunas alineados frente al enorme edificio principal.

Para algunos estudiantes, aquello se había convertido en una competencia.

No bastaba con estudiar allí.

Había que demostrar cuánto dinero tenía tu familia.

Y Santiago era uno de los que más disfrutaba haciéndolo.

Tenía 21 años, vestía ropa costosa, llevaba un reloj llamativo y aquella mañana estaba junto a su Porsche deportivo conversando con Camila, Alexa, Marcus y Daniel.

Los cinco hablaban y reían mientras otros estudiantes caminaban hacia sus clases.

Entonces escucharon algo completamente diferente.

El sonido irregular de una motocicleta vieja comenzó a acercarse.

Santiago dejó de hablar.

Camila giró la cabeza.

Todos miraron hacia la entrada.

Una motocicleta visiblemente antigua entró lentamente al estacionamiento.

Tenía algunas piezas desgastadas y señales de óxido.

La conducía Mateo, un estudiante de 20 años que acababa de ingresar a la universidad.

Llevaba camiseta clara, jeans y tenis sencillos.

No había nada en su apariencia que llamara especialmente la atención.

Excepto su motocicleta.

Y Santiago no dejó pasar la oportunidad.

La llegada de Mateo provocó las primeras burlas

Mateo comenzó a estacionar cuidadosamente la motocicleta.

Santiago miró a sus amigos y sonrió.

—Eh, nuevo, ¿de dónde sacaste esa basura?

Marcus soltó una carcajada.

Alexa sonrió.

Camila observó la motocicleta de arriba abajo.

Santiago continuó:

—Cuidado si rayas un carro. Se nota que no tienes cómo pagarlo.

Mateo apagó el motor.

Bajó tranquilamente.

Se quitó el casco y observó al grupo.

No parecía avergonzado.

Tampoco molesto.

Su tranquilidad desconcertó ligeramente a Santiago.

—Esta moto vale más que ustedes —respondió Mateo.

Durante un instante se hizo silencio.

Después todos volvieron a reír.

Camila avanzó un paso.

—No nos hagas reír. Mírate, no eres nadie comparado con nosotros.

Mateo la observó sin perder la calma.

—Ustedes no tienen ni educación.

Santiago abrió los brazos y señaló los automóviles que los rodeaban.

—¿Para qué queremos educación si tenemos dinero? Algo que tú no tienes.

Mateo no respondió inmediatamente.

Su mirada pasó de Santiago al Porsche estacionado detrás de él.

Una pregunta convirtió las burlas en una apuesta

—¿Ese Porsche es tuyo? —preguntó Mateo.

Santiago cambió inmediatamente de actitud.

Se apoyó orgullosamente junto al vehículo.

—Claro.

Mateo observó el deportivo durante unos segundos.

—Entonces hagamos algo.

Camila cruzó los brazos.

—¿Qué cosa?

Mateo continuó mirando a Santiago.

—Si mañana llego en uno más caro, todos me pedirán disculpas públicamente.

Las risas disminuyeron.

Daniel miró a Mateo con curiosidad.

Marcus volvió a observar la motocicleta oxidada.

Después miró el Porsche.

Para ellos, la posibilidad parecía absurda.

Santiago soltó una carcajada.

—¿Tú?

—Yo.

—¿En un carro más caro que este?

—Eso dije.

Santiago señaló la vieja motocicleta.

—¿Y vas a vender eso para comprarlo?

Sus amigos volvieron a reír.

Mateo tomó el casco.

—¿Aceptas o no?

Santiago miró a Camila.

Ella sonrió.

—Acepta. Quiero verlo intentarlo.

Santiago extendió la mano.

—Claro que acepto.

Mateo estrechó su mano.

—Entonces mañana hablamos.

Mateo se marchó como si nada hubiera ocurrido

El nuevo estudiante volvió a ponerse el casco.

Subió a la motocicleta.

Encendió el viejo motor y salió tranquilamente del estacionamiento.

Santiago lo observó alejarse.

—Está completamente loco.

Camila rio.

—Mañana seguramente llega en la misma moto con pintura nueva.

Marcus añadió:

—O alquila algo durante una hora.

Daniel, sin embargo, no se rio.

Había algo en Mateo que le parecía extraño.

No su ropa.

No la motocicleta.

Su seguridad.

Mateo no había hablado como alguien desesperado por demostrar algo.

Parecía saber exactamente lo que estaba haciendo.

—¿Qué pasa? —preguntó Santiago.

Daniel negó con la cabeza.

—Nada.

—Entonces deja esa cara.

Daniel sonrió.

—Solo espero que mañana no tengas que disculparte.

Santiago levantó las llaves del Porsche.

—Mira su moto y después mira mi carro.

—La vi.

—Entonces sabes quién va a pedir disculpas.

Daniel no respondió.

Lo que ninguno sabía sobre la motocicleta oxidada

Después de salir de la universidad, Mateo condujo durante varios minutos.

Pero no se dirigió hacia un barrio humilde como probablemente Santiago habría imaginado.

La motocicleta avanzó hasta una zona residencial exclusiva.

Mateo llegó frente a una propiedad enorme rodeada por altos muros.

Un guardia abrió el acceso.

Mateo entró.

La vieja motocicleta recorrió un camino privado hasta una residencia moderna.

Allí había un amplio garaje.

Mateo estacionó la moto y entró.

Dentro había varios vehículos cubiertos.

La motocicleta oxidada no era una necesidad.

Era una elección.

Había pertenecido a su abuelo.

Mateo llevaba meses restaurándola personalmente.

Por eso, cuando había dicho que aquella motocicleta valía más que ellos, no estaba hablando de dinero.

Para él tenía un valor que ningún automóvil nuevo podía reemplazar.

Una voz apareció detrás.

—¿Cómo te fue en la universidad?

Mateo giró.

Era su padre.

—Interesante.

—¿Eso es bueno o malo?

Mateo dejó el casco sobre una mesa.

—Conocí a unos compañeros.

Su padre sonrió.

—Por tu cara, no parecen haberte caído muy bien.

Mateo rio.

—Digamos que están demasiado interesados en los carros.

—Entonces estudiaste en el lugar correcto.

Mateo miró hacia el fondo del garaje.

—Necesito pedirte algo.

Mateo no necesitaba comprar ningún supercar

Su padre siguió su mirada.

—No.

Mateo comenzó a reír.

—Todavía no te he preguntado.

—Conozco esa mirada.

—Solo lo necesito mañana.

—¿Para qué?

Mateo explicó brevemente lo ocurrido.

Cuando terminó, su padre negó lentamente con la cabeza.

—¿Y quieres demostrarles que tienes más dinero?

—No.

—Eso parece.

Mateo guardó silencio.

Su padre continuó:

—Si haces exactamente lo mismo que ellos, entonces no aprendiste nada.

—No quiero humillarlos por tener menos.

—¿Entonces?

—Quiero que entiendan lo absurdo que fue decidir quién soy solamente por la moto en la que llegué.

Su padre lo observó unos segundos.

Después sonrió.

—En ese caso, elige.

Presionó un botón.

Las luces del enorme garaje se encendieron por completo.

Mateo miró los vehículos.

Finalmente señaló uno.

—Ese.

Su padre levantó las cejas.

—Quieres que aprendan rápido, ¿verdad?

Mateo sonrió.

Al día siguiente todos estaban esperando

Santiago llegó temprano.

Estacionó su Porsche prácticamente en el mismo lugar del día anterior.

Camila apareció poco después.

También llegaron Alexa, Marcus y Daniel.

—¿Crees que venga? —preguntó Alexa.

—Claro que vendrá —respondió Santiago—. Necesito escuchar su disculpa.

Camila miró hacia la entrada.

—Quizás ni aparece.

—Mejor todavía. Eso significa que perdió.

Daniel miró su reloj.

—Todavía falta para las clases.

Santiago volvió a apoyarse junto al Porsche.

—Cuando llegue, graben todo.

Camila sacó el teléfono.

—Ya estoy preparada.

Varios estudiantes que habían escuchado sobre la apuesta comenzaron a reunirse.

La historia había circulado por el campus.

Todos querían descubrir si el nuevo realmente aparecería con un vehículo superior al Porsche de Santiago.

Pasaron varios minutos.

Entonces se escuchó un motor.

No era la motocicleta.

Todos giraron.

Un supercar desconocido apareció en la entrada

Un espectacular supercar entró lentamente al estacionamiento.

Las conversaciones se detuvieron.

Alexa bajó su teléfono.

—¡Miren qué belleza!

Marcus dio varios pasos hacia adelante.

—Eso sí es otro nivel.

Incluso Santiago dejó de sonreír.

Conocía suficientemente bien los automóviles como para comprender que aquel vehículo estaba en una categoría diferente.

Camila intentó mirar a través del parabrisas.

—¿Quién conduce?

Los cristales y los reflejos impedían distinguir claramente al conductor.

El automóvil avanzó lentamente.

Se detuvo frente al grupo.

Todos comenzaron a acercarse.

Santiago miró alrededor buscando la vieja motocicleta.

No estaba.

—Debe ser algún estudiante nuevo —comentó Marcus.

Daniel permaneció en silencio.

Algo le decía que aquello tenía relación con la apuesta.

Entonces la puerta del supercar comenzó a abrirse.

La expresión de Santiago cambió al reconocer al conductor

Primero apareció un tenis.

Después una pierna.

Finalmente Mateo salió del automóvil.

Camila quedó inmóvil.

Alexa bajó lentamente el teléfono.

Marcus abrió los ojos.

Daniel sonrió.

Santiago no reaccionó durante varios segundos.

Mateo cerró la puerta y miró al grupo.

Llevaba prácticamente la misma ropa sencilla.

No había aparecido vestido con traje.

No llevaba cadenas.

No tenía un reloj llamativo.

Seguía pareciendo el mismo joven que había llegado el día anterior en una motocicleta oxidada.

La única diferencia era el vehículo detrás de él.

Mateo levantó ligeramente las manos.

—Buenos días.

Nadie respondió.

Finalmente Santiago reaccionó.

—No.

Mateo frunció ligeramente el ceño.

—¿No qué?

—Ese carro no es tuyo.

Mateo sonrió.

—Ayer dijiste lo mismo antes de verlo.

Santiago buscó inmediatamente una explicación

—Lo alquilaste —dijo Santiago.

Camila pareció recuperar la esperanza.

—Claro. Eso hizo.

Mateo miró a ambos.

—¿Ahora la apuesta incluía que tenía que comprarlo?

Santiago se acercó.

—Dijiste que llegarías en uno más caro.

—Y llegué.

—Pero tiene que ser tuyo.

Mateo cruzó los brazos.

—Curioso. Ayer nadie mencionó esa condición.

Algunos estudiantes comenzaron a murmurar.

Marcus miró a Santiago.

—Tiene razón.

Santiago le lanzó una mirada molesta.

—Tú cállate.

Mateo sacó tranquilamente la llave.

Presionó un botón.

El supercar respondió.

—Si quieren, podemos seguir buscando excusas todo el día.

Daniel comenzó a reír.

—Santiago, perdiste.

—Todavía no.

Camila quiso saber de dónde había salido el automóvil

Camila se acercó a Mateo.

Ahora su tono era completamente diferente.

—¿De quién es?

Mateo la miró.

—¿Por qué te interesa?

—Porque ayer llegaste en una moto oxidada.

—¿Y?

—Y hoy apareces con esto.

Mateo señaló la motocicleta imaginariamente.

—La moto sigue siendo mía.

—Entonces ¿por qué conduces una cosa así teniendo acceso a este carro?

Mateo sonrió.

—Porque me gusta mi moto.

Camila pareció no entender.

—Pero está vieja.

—Era de mi abuelo.

La respuesta cambió inmediatamente el ambiente.

Mateo continuó:

—La estoy restaurando yo mismo. Cada pieza que arreglo me recuerda a él.

Camila dejó de mirar el supercar.

Por primera vez comprendió la frase que Mateo había dicho el día anterior.

“Esta moto vale más que ustedes.”

Nunca había hablado de su precio.

Pero Santiago todavía se negaba a pedir disculpas

—Muy bonita la historia —dijo Santiago—, pero todavía no sabemos si este carro realmente tiene algo que ver contigo.

Daniel negó con la cabeza.

—Hermano, déjalo ya.

—No.

Santiago miró a Mateo.

—Demuéstralo.

Mateo suspiró.

—¿Qué quieres que haga?

—Dinos quién es el propietario.

Mateo miró alrededor.

—Mi familia.

Camila volvió a quedarse inmóvil.

—¿Tu familia?

—Sí.

Santiago comenzó a reír.

—Ahora resulta que eres millonario.

—Nunca dije eso.

—Pero quieres que lo creamos.

Mateo negó con la cabeza.

—Ese es exactamente tu problema.

—¿Cuál?

—Que todavía crees que todo esto se trata de cuánto dinero tengo.

Mateo finalmente explicó por qué había aceptado el reto

Los estudiantes guardaron silencio.

Mateo señaló el Porsche.

—Ayer llegué en mi motocicleta y decidiste que eras mejor que yo.

Después señaló el supercar.

—Hoy llegué en esto y de repente todos quieren saber quién soy.

Camila bajó lentamente la mirada.

Mateo continuó:

—Pero sigo siendo exactamente la misma persona.

Daniel asintió.

—Eso es verdad.

Mateo miró a Santiago.

—Mi ropa es prácticamente la misma. Mi nombre sigue siendo Mateo. Mi educación no cambió durante la noche.

Santiago permaneció callado.

—Lo único que cambió fue lo que estaba conduciendo.

La frase cayó sobre el grupo con más fuerza que cualquier insulto.

Había llegado el momento de cumplir la apuesta

Mateo miró a Camila.

Después a Alexa.

Luego a Marcus y Daniel.

Finalmente volvió hacia Santiago.

—Hicimos un trato.

Santiago apretó la mandíbula.

—Sí.

—Si llegaba en un carro más caro que tu Porsche, todos iban a disculparse públicamente.

Camila miró alrededor.

Había decenas de estudiantes observando.

—¿Tiene que ser aquí?

Mateo levantó una ceja.

—Aquí fue donde se rieron.

Alexa fue la primera en dar un paso.

—Tiene razón.

Camila la miró sorprendida.

Alexa se colocó frente a Mateo.

—Perdón.

Mateo asintió.

—Aceptado.

Marcus fue el siguiente.

—Yo también. Me reí sin conocerte.

—Gracias.

Daniel levantó las manos.

—Yo no me reí tanto.

Mateo sonrió.

—También estabas ahí.

Daniel rio.

—Tienes razón. Perdón.

Camila tuvo que hacer lo que nunca esperaba

Solo quedaban Camila y Santiago.

Camila respiró profundamente.

Miró a todos los estudiantes.

Después miró la vieja zona donde Mateo había estacionado la motocicleta el día anterior.

—Te juzgué por tu ropa y por esa moto.

Mateo permaneció en silencio.

—Y estuvo mal.

Camila tragó saliva.

—Perdón, Mateo.

Él asintió.

—Eso era todo.

Camila pareció sorprendida.

—¿No vas a burlarte?

—¿Para qué?

—Después de lo que te dijimos…

—Si hago lo mismo, entonces no soy diferente.

Camila no tuvo respuesta.

Todos miraron finalmente a Santiago

Santiago permanecía junto a su Porsche.

Mateo lo observó.

—Faltas tú.

—No pienso hacerlo.

—Entonces no debiste aceptar.

—No voy a pedirte disculpas solamente porque tu familia tenga un carro más caro.

Mateo sonrió.

—Perfecto.

Santiago frunció el ceño.

—¿Perfecto?

—Porque tampoco quiero que te disculpes por eso.

—Entonces ¿qué quieres?

Mateo señaló discretamente hacia otros estudiantes del estacionamiento.

—Que te disculpes por pensar que alguien merece menos respeto porque tiene menos dinero que tú.

Santiago miró alrededor.

Algunos estudiantes que habían sido víctimas de sus burlas en otras ocasiones también estaban observando.

Por primera vez, la situación dejó de parecerle divertida.

Santiago comprendió que todos recordaban sus burlas

Una estudiante que estaba cerca habló.

—A mí me dijiste algo parecido cuando llegué en autobús.

Otro estudiante levantó la voz.

—Y a mí porque mi teléfono era viejo.

Santiago miró a sus amigos.

Ninguno salió a defenderlo.

Mateo tampoco añadió nada.

No era necesario.

Santiago había construido durante meses una reputación basada en hacer sentir pequeños a quienes tenían menos.

Ahora estaba viendo el resultado.

Finalmente respiró profundamente.

Se separó del Porsche.

Y caminó hasta quedar frente a Mateo.

—Está bien.

Mateo esperó.

Santiago miró brevemente a los demás.

—Me equivoqué.

El estacionamiento quedó en silencio.

—No debí burlarme de ti por la motocicleta.

Mateo no interrumpió.

—Ni decir que no tenías dinero para pagar un carro si lo rayabas.

Santiago bajó la mirada.

—Perdón.

Mateo aceptó las disculpas, pero tenía una última sorpresa

—Aceptadas —respondió Mateo.

Santiago levantó la cabeza.

Parecía esperar algo más.

Pero Mateo simplemente comenzó a caminar hacia el supercar.

Camila lo llamó.

—Mateo.

Él giró.

—¿Qué?

—¿Mañana vas a volver en ese carro?

Mateo miró el vehículo.

Después sonrió.

—No.

—¿Entonces en cuál?

—En mi moto.

Todos quedaron sorprendidos.

Santiago frunció el ceño.

—¿Después de todo esto vas a volver con esa cosa?

Mateo se rio.

—Veo que todavía te falta aprender.

Daniel soltó una carcajada.

Incluso Camila sonrió.

Al día siguiente Mateo cumplió su palabra

A la mañana siguiente se volvió a escuchar el viejo motor entrando al estacionamiento.

Mateo apareció en la misma motocicleta oxidada.

Estacionó.

Se quitó el casco.

Pero esta vez nadie se rio.

Camila levantó una mano para saludarlo.

Alexa hizo lo mismo.

Daniel se acercó interesado en conocer la historia de la motocicleta.

Incluso Marcus comenzó a preguntarle sobre la restauración.

Santiago estaba junto a su Porsche.

Durante unos segundos ambos jóvenes se miraron.

Mateo esperaba que Santiago volviera a burlarse.

Pero ocurrió algo diferente.

Santiago caminó hacia la motocicleta.

La observó cuidadosamente.

—¿Dijiste que era de tu abuelo?

Mateo asintió.

—Sí.

—¿La estás restaurando tú solo?

—Casi todo.

Santiago examinó una pieza.

—Entonces sí debe valer bastante para ti.

Mateo sonrió.

—Ahora lo entendiste.

El vehículo más caro nunca fue la verdadera lección

Con el tiempo, la historia del supercar dejó de ser lo importante.

Lo que los estudiantes recordaron fue la motocicleta.

Porque aquella vieja máquina había demostrado algo que ninguno de los automóviles del estacionamiento podía enseñar.

El precio de un objeto no determina el valor de quien lo utiliza.

Mateo podía conducir un supercar y seguir siendo Mateo.

También podía llegar en una motocicleta oxidada y continuar siendo exactamente la misma persona.

Santiago había necesitado ver ambas versiones para comprenderlo.

Había respetado al conductor del supercar antes incluso de saber quién estaba dentro.

Y había despreciado al conductor de la motocicleta antes incluso de conocer su nombre.

Ese contraste terminó siendo mucho más importante que ganar o perder una apuesta.

Porque el verdadero reto nunca consistió en demostrar quién tenía el vehículo más caro.

Consistió en demostrar lo fácil que resulta equivocarse cuando se intenta medir a las personas por lo que llevan puesto, por el automóvil que conducen o por cuánto dinero aparentan tener.

Y desde aquel día, cada vez que el sonido de aquella vieja motocicleta se escuchaba entrando al estacionamiento, nadie volvía a verla como una simple máquina oxidada.

Todos conocían la historia que había detrás.

Especialmente Santiago.

Porque el día que intentó utilizar su Porsche para demostrar que estaba por encima del nuevo terminó descubriendo que la verdadera diferencia entre ambos nunca estuvo en sus vehículos.

Estuvo en la manera en que cada uno trataba a los demás.