Se burlaron de él por su apariencia sin imaginar la sorpresa que estaba por llegar

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La tarde parecía completamente normal en aquella moderna gasolinera ubicada a las afueras de la ciudad.

El sol todavía brillaba con fuerza y decenas de vehículos entraban y salían constantemente mientras varias personas aprovechaban para llenar sus tanques, comprar alguna bebida o simplemente descansar unos minutos antes de continuar el camino.

Pero cerca de uno de los surtidores había algo que llamaba especialmente la atención.

Una espectacular motocicleta deportiva negra permanecía estacionada bajo el techo de la estación.

Su pintura brillante reflejaba la luz del día y cada detalle parecía recién salido del concesionario.

Junto a ella estaba Diego.

Tenía 25 años, vestía ropa costosa, llevaba un reloj que procuraba mantener siempre visible y disfrutaba especialmente cuando alguien se detenía a observar su motocicleta.

A su alrededor había varios amigos.

Todos conversaban y reían mientras Diego hablaba orgullosamente de su nueva adquisición.

Fue entonces cuando Nicolás apareció caminando por la gasolinera.

Y bastaron unos segundos para que Diego decidiera convertirlo en el centro de sus burlas.

Diego lo juzgó antes de conocerlo

Nicolás tenía 24 años.

Llevaba una camiseta negra completamente sencilla, jeans comunes y unos tenis blancos sin ningún detalle llamativo.

No tenía cadenas alrededor del cuello.

No llevaba un reloj costoso.

Tampoco había ninguna motocicleta estacionada cerca que pareciera pertenecerle.

Simplemente caminaba tranquilamente hacia la pequeña tienda de la gasolinera cuando escuchó una voz detrás de él.

—Oye.

Nicolás continuó caminando durante un instante porque pensó que estaban llamando a otra persona.

Entonces escuchó nuevamente.

—Sí, tú. Ven.

Nicolás se detuvo.

Giró lentamente y encontró a Diego apoyado junto a la motocicleta.

Sus amigos ya estaban mirando hacia él.

Diego señaló orgullosamente la máquina.

—Mira mi moto, pobre. ¿Te gusta?

Dos de sus amigos soltaron pequeñas risas.

Nicolás observó la motocicleta durante unos segundos.

Después volvió a mirar a Diego.

—Está muy bonita.

Su respuesta fue completamente sincera.

Pero Diego esperaba otra cosa.

Esperaba verlo impresionado.

Quizás incluso quería que Nicolás preguntara cuánto había costado.

Como eso no ocurrió, decidió continuar.

La burla comenzó a subir de tono

Diego caminó alrededor de su motocicleta mientras pasaba una mano cerca del tanque.

—¿Bonita nada más?

Nicolás levantó ligeramente los hombros.

—Sí. Está bonita.

Diego miró a sus amigos.

—Escuchen a este.

Las risas aumentaron.

Después volvió a mirar la ropa sencilla de Nicolás.

—Tú ni en tus sueños podrás tener una igual.

Nicolás permaneció completamente tranquilo.

No parecía avergonzado.

Tampoco parecía interesado en demostrarle nada a aquel desconocido.

Pero entonces apareció una pequeña sonrisa en su rostro.

—Igual no.

Diego frunció el ceño.

—¿Cómo?

Nicolás terminó la frase:

—Porque la mía es mejor.

Las risas desaparecieron.

Durante un par de segundos nadie dijo absolutamente nada.

Todos comenzaron a buscar con la mirada

Diego miró inmediatamente hacia los estacionamientos.

Había varios automóviles cerca.

Una camioneta.

Dos motocicletas pequeñas.

Un sedán familiar.

Pero ninguna motocicleta deportiva que pudiera competir con la suya.

Diego volvió a mirar a Nicolás.

—¿La tuya?

—Sí.

Uno de los amigos de Diego comenzó a reír nuevamente.

—¿Y dónde está?

Nicolás miró su teléfono.

—Todavía no está aquí.

Aquella respuesta pareció confirmar todas las sospechas de Diego.

Soltó una carcajada.

—Claro que no está aquí.

Otro de sus amigos añadió:

—Quizás es invisible.

Todos volvieron a reír.

Nicolás simplemente guardó su teléfono.

—Pueden esperar unos minutos si quieren.

Diego abrió los brazos.

—Perfecto. Yo tengo tiempo.

Diego quería verlo quedar en evidencia

Lo que comenzó como una pequeña burla se convirtió rápidamente en un desafío.

Varias personas que estaban cerca comenzaron a darse cuenta de lo que ocurría.

Un empleado de la gasolinera incluso observaba discretamente desde uno de los surtidores.

Diego estaba convencido de que Nicolás había inventado aquella historia únicamente para evitar sentirse humillado.

Por eso decidió continuar provocándolo.

—Dime algo —preguntó—. ¿Qué moto tienes?

Nicolás sonrió.

—Ya la vas a ver.

—¿No sabes ni el nombre?

—Claro que lo sé.

—Entonces dilo.

Nicolás negó lentamente con la cabeza.

—Prefiero que la veas.

Diego miró nuevamente a sus amigos.

—Este tipo es increíble.

Uno de ellos levantó su teléfono, aparentemente dispuesto a grabar la situación.

Nicolás lo vio.

No dijo nada.

Pasaron varios minutos

Al principio Diego continuó haciendo comentarios.

Después comenzó a mirar constantemente hacia la carretera.

Nada ocurría.

—¿Cuánto tenemos que esperar? —preguntó.

Nicolás revisó la hora.

—No mucho.

—¿La están empujando?

Los amigos volvieron a reír.

Nicolás sonrió.

—Puede ser.

La tranquilidad con la que respondía comenzaba a molestar a Diego.

Él quería verlo incómodo.

Quería que Nicolás finalmente admitiera que había mentido.

Pero cuanto más lo provocaba, más tranquilo parecía estar.

Entonces ocurrió algo.

Un vehículo especial apareció en la carretera

Uno de los amigos de Diego fue el primero en notarlo.

—Mira eso.

Todos giraron.

Un vehículo especializado para transportar motocicletas estaba acercándose lentamente a la gasolinera.

Diego observó durante unos segundos.

—¿Y?

Nicolás no respondió.

El transporte colocó la señal direccional.

Entró a la gasolinera.

Y comenzó a reducir la velocidad.

Diego dejó de sonreír.

—Espera.

El vehículo se detuvo cerca de ellos.

Un hombre vestido con ropa profesional bajó del asiento del conductor.

Miró alrededor.

Después encontró a Nicolás.

—Señor Nicolás.

Nicolás levantó una mano.

—Aquí.

El silencio alrededor fue inmediato.

Diego todavía no entendía qué estaba pasando

El hombre caminó directamente hacia Nicolás.

—Disculpe la demora. Queríamos asegurarnos de transportarla exactamente como usted pidió.

Diego miró al hombre.

Después miró el transporte.

Finalmente volvió a mirar a Nicolás.

—¿Transportar qué?

Nicolás no respondió.

El empleado comenzó a abrir cuidadosamente la parte trasera del vehículo.

Los amigos de Diego dejaron de reír.

Uno de ellos incluso bajó lentamente el teléfono con el que estaba grabando.

Las puertas terminaron de abrirse.

Y entonces todos pudieron verla.

La motocicleta de Nicolás finalmente apareció

Durante unos segundos nadie habló.

Dentro del transporte había una espectacular motocicleta deportiva de edición exclusiva.

Su diseño era agresivo.

Los materiales y acabados dejaban claro que no se trataba de una motocicleta común.

Incluso Diego, que conocía bastante sobre ese mundo, necesitó unos segundos para procesarlo.

—No puede ser —murmuró uno de sus amigos.

Diego dio un paso hacia delante.

—¿Esa es…?

Nicolás terminó la pregunta por él.

—Sí.

El empleado comenzó a bajar cuidadosamente la motocicleta.

Diego miró su propia moto.

Después miró la de Nicolás.

La expresión en su rostro cambió completamente.

La diferencia era evidente

Nicolás se acercó mientras el empleado terminaba de revisar la motocicleta.

—Todo está listo —dijo el hombre.

Después sacó una llave.

—Aquí tiene.

Nicolás extendió la mano.

Diego observó la llave caer sobre su palma.

—Espera —interrumpió—. ¿De verdad esa moto es tuya?

Nicolás lo miró sorprendido.

—Te lo dije hace rato.

Uno de los amigos de Diego soltó una pequeña risa.

Esta vez no se estaba riendo de Nicolás.

Diego lo miró inmediatamente.

El joven dejó de reír.

Diego intentó salvar la situación

—Bueno —dijo—, tampoco es para tanto.

Nicolás no respondió.

Diego continuó:

—Cualquiera puede sacar algo financiado y después pasarse años pagándolo.

El empleado escuchó el comentario.

Miró a Nicolás como preguntándole silenciosamente si debía intervenir.

Nicolás hizo un pequeño gesto indicando que no importaba.

Pero el hombre terminó hablando de todos modos.

—Esta unidad no tiene financiamiento pendiente.

Diego se quedó callado.

—¿Cómo?

—Está completamente pagada.

Otra vez se produjo un silencio incómodo.

Entonces llegó una pregunta inevitable

Uno de los amigos miró la motocicleta.

—¿Cuánto cuesta una así?

El empleado dudó.

Nicolás sonrió.

—No importa.

Pero Diego necesitaba saberlo.

—Claro que importa.

El hombre terminó mencionando una cifra aproximada considerando la configuración y algunos componentes especiales.

Diego abrió ligeramente los ojos.

Uno de sus amigos miró inmediatamente la motocicleta de Diego.

La comparación era inevitable.

—Eso cuesta bastante más que la tuya —comentó sin pensar.

Diego lo fulminó con la mirada.

—Ya escuché.

Nicolás nunca había intentado competir

Mientras todos hablaban del precio, Nicolás revisaba tranquilamente algunos detalles de su motocicleta.

No estaba celebrando.

No se estaba burlando de Diego.

Ni siquiera parecía especialmente interesado en demostrar que tenía más dinero.

Finalmente Diego preguntó:

—Si puedes comprar algo así, ¿por qué estás vestido de esa manera?

Nicolás miró su camiseta.

Después sus tenis.

—¿Qué tienen?

—Son… normales.

—Exactamente.

Diego no entendió.

—Pero podrías vestir mejor.

Nicolás sonrió.

—Estoy cómodo.

Aquel comentario provocó otra pequeña risa entre los presentes.

Pero todavía quedaba una segunda sorpresa

El empleado que había llevado la motocicleta revisó su teléfono.

—Señor Nicolás, antes de marcharme necesito confirmar algo.

—Dime.

—¿El otro vehículo lo enviamos directamente a su residencia?

Nicolás asintió.

—Sí. Que lo lleven allá.

Diego levantó inmediatamente la mirada.

—¿Qué otro vehículo?

Nicolás lo observó.

—Uno que dejé en el taller.

—¿También tienes carro?

Nicolás comenzó a reír.

—¿Eso también importa?

Diego no respondió.

Un automóvil negro apareció pocos minutos después

La conversación parecía haber terminado cuando un automóvil deportivo negro entró a la estación.

El conductor redujo la velocidad y se estacionó cerca del transporte.

Diego lo reconoció inmediatamente.

Esta vez ni siquiera intentó ocultar la sorpresa.

El conductor bajó.

—Señor Nicolás, ya quedó listo.

Nicolás se acercó.

—Perfecto.

El hombre le entregó otra llave.

Diego observaba completamente inmóvil.

—No me digas que ese también es tuyo.

Nicolás miró la llave.

—Sí.

Uno de los amigos de Diego tuvo que girarse para esconder una sonrisa.

Ahora Diego quería saber quién era realmente

Su actitud cambió.

Ya no hablaba con el mismo tono.

—¿A qué te dedicas?

Nicolás levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Simple curiosidad.

—Hace diez minutos no parecía darte curiosidad.

Diego permaneció callado.

Nicolás continuó:

—Ya habías decidido quién era sin preguntarme nada.

La frase dejó incómodos a varios de los presentes.

Porque era verdad.

Diego había construido toda una historia sobre Nicolás únicamente por verlo caminar con ropa sencilla.

La situación dio otro giro inesperado

Mientras Nicolás hablaba con el empleado, un hombre mayor salió de la tienda de la gasolinera.

Al verlo, se detuvo sorprendido.

—¿Nicolás?

Nicolás giró.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Don Ernesto.

El hombre sonrió y caminó hacia él.

Se saludaron con evidente confianza.

Diego observó la escena.

Conocía a Don Ernesto.

Era propietario de varios negocios importantes de la zona y tenía fama de relacionarse únicamente con personas de su círculo más cercano.

—Hace tiempo que no veía a tu padre —comentó Ernesto.

—Está viajando.

—Dile que tenemos pendiente aquella reunión.

—Yo le aviso.

Diego frunció el ceño.

El nombre del padre de Nicolás cambió todo

Don Ernesto estaba a punto de marcharse cuando miró la motocicleta.

—Finalmente llegó.

Nicolás sonrió.

—Sí.

—Tu padre decía que terminarías comprándola.

Diego no pudo contenerse.

—Disculpe… ¿usted conoce a su padre?

Don Ernesto lo miró.

—Desde hace muchos años.

—¿Quién es?

Nicolás miró inmediatamente a Diego.

—¿Ahora también quieres conocer a mi familia?

Diego se quedó sin respuesta.

Don Ernesto entendió que algo había ocurrido antes de su llegada.

Pero prefirió no preguntar.

Nicolás decidió no revelar más

Podía haber mencionado el nombre de su familia.

Podía haber explicado sus negocios.

Incluso podía haber demostrado que la motocicleta que acababa de llegar representaba únicamente una pequeña parte de lo que podía permitirse.

Pero no lo hizo.

Guardó las llaves del automóvil.

Después tomó las de la motocicleta.

Diego permanecía junto a su propia moto.

Ya no parecía tan orgulloso como minutos antes.

—¿Sabes algo? —dijo Nicolás.

Diego levantó la mirada.

—¿Qué?

Nicolás señaló la motocicleta de Diego.

—Sigo pensando que está bonita.

Diego pareció confundido.

Esperaba una burla.

Pero Nicolás hablaba en serio.

La verdadera respuesta llegó después

—Entonces, ¿por qué dijiste que la tuya era mejor? —preguntó Diego.

Nicolás sonrió.

—Porque tú dijiste que nunca podría tener una igual.

Diego bajó la mirada.

Nicolás continuó:

—No necesitabas llamarme pobre para enseñarme tu moto.

Nadie habló.

—Podías simplemente decir: “Mira mi moto”. Yo te habría dicho exactamente lo mismo: está bonita.

Uno de los amigos de Diego asintió discretamente.

Diego lo notó.

Pero esta vez no dijo nada.

Las personas que antes reían ahora observaban en silencio

Nicolás se colocó cerca de su motocicleta.

Revisó los espejos.

Después tomó el casco que había llevado el empleado.

Diego seguía mirándolo.

—Entonces… ¿de verdad tienes más dinero que yo?

Nicolás soltó una carcajada.

—Todavía estás pensando en lo mismo.

—Solo pregunto.

—No sé cuánto dinero tienes.

—Pero tú sabes cuánto tienes.

Nicolás colocó el casco sobre el asiento.

—Sí.

—¿Y?

—Y no necesito compararlo contigo.

La respuesta terminó definitivamente con la conversación.

Diego entendió demasiado tarde lo que había ocurrido

Desde el principio había tenido frente a él a una persona que jamás intentó competir.

Fue Diego quien convirtió una simple motocicleta en una forma de medir el valor de otro desconocido.

Fue Diego quien observó una camiseta sencilla y decidió que Nicolás no tenía dinero.

Y también fue Diego quien necesitó demostrar delante de sus amigos que tenía algo que Nicolás jamás podría alcanzar.

El problema fue que estaba equivocado.

Por mucho.

Antes de marcharse ocurrió algo que nadie esperaba

Nicolás encendió la motocicleta.

El motor llamó inmediatamente la atención de varias personas en la estación.

Diego observó cada detalle.

Entonces Nicolás apagó nuevamente el motor.

Se quitó el casco.

—Diego.

—¿Qué?

—Ven.

Diego dudó.

Finalmente se acercó.

Nicolás le mostró uno de los detalles especiales de la motocicleta.

Durante los siguientes minutos terminaron hablando de motores, modificaciones y diferentes modelos.

La tensión comenzó a desaparecer.

Diego sabía bastante del tema.

Nicolás también.

Y por primera vez pudieron mantener una conversación sin hablar de quién tenía más dinero.

Pero Diego todavía tenía una pregunta

Cuando Nicolás volvió a colocarse el casco, Diego lo detuvo.

—Espera.

Nicolás lo miró.

—¿Qué pasa?

Diego respiró profundamente.

—Lo de antes… estuvo mal.

Sus amigos se quedaron completamente callados.

Para alguien con su personalidad, admitirlo delante de todos no parecía sencillo.

Nicolás esperó.

—Te juzgué sin conocerte.

Nicolás asintió.

—Sí.

Diego soltó una pequeña risa incómoda.

—Podrías facilitarme un poco la disculpa.

Nicolás también sonrió.

—Está bien.

La respuesta de Nicolás sorprendió nuevamente al grupo

Diego extendió la mano.

Nicolás la estrechó.

—No pasa nada —dijo—. Solo recuerda algo la próxima vez.

—¿Qué?

—Nunca sabes quién está frente a ti.

Diego miró la ropa sencilla de Nicolás.

Después observó la motocicleta.

Finalmente comenzó a reír.

—Eso ya me quedó bastante claro.

Los demás también sonrieron.

Nicolás finalmente se marchó

Se colocó el casco.

Encendió nuevamente la motocicleta y salió lentamente de la gasolinera.

Diego permaneció junto al surtidor observándolo alejarse.

Uno de sus amigos se acercó.

—Te salió cara la broma.

Diego lo miró.

—Cállate.

Pero esta vez terminó riéndose.

Después observó su propia motocicleta.

Seguía siendo exactamente la misma máquina que tanto le gustaba.

Lo único que había cambiado era la razón por la que quería mostrarla.

La apariencia nunca contó toda la historia

Nicolás no había cambiado de ropa.

No había necesitado colocarse una cadena costosa.

Tampoco había mostrado una cuenta bancaria ni hablado de cuánto dinero tenía.

Seguía siendo exactamente el mismo joven que había entrado caminando a la gasolinera.

La única diferencia era que ahora Diego conocía una pequeña parte de su realidad.

Y aquello fue suficiente para demostrar lo equivocado que había estado.

Porque muchas veces las personas más discretas no sienten ninguna necesidad de demostrar lo que poseen.

Y quien parece tener menos puede simplemente haber decidido que su valor no depende de mostrarlo.

Diego quiso utilizar una motocicleta para hacer sentir menos a un desconocido, pero terminó descubriendo que el verdadero lujo de Nicolás era no necesitar demostrarle nada a nadie.

Historia ficticia creada con fines de entretenimiento.