Presumió su reloj frente a la estudiante nueva sin imaginar el peso de su apellido

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La mañana apenas comenzaba en una de las universidades privadas más exclusivas de la ciudad.

Desde muy temprano, una interminable fila de automóviles de lujo atravesaba la entrada principal del campus.

Deportivos de colores llamativos, camionetas de alta gama y elegantes sedanes se detenían frente al enorme edificio universitario mientras decenas de estudiantes descendían con ropa impecable, bolsos costosos y accesorios que parecían elegidos específicamente para llamar la atención.

Aquel lugar no parecía una universidad común.

Los enormes edificios modernos estaban rodeados de jardines perfectamente cuidados, fuentes decorativas y amplios caminos de piedra.

Todo transmitía prestigio.

Pero también existía algo que los estudiantes aprendían rápidamente.

En aquel campus, para algunos, el apellido podía importar casi tanto como las calificaciones.

Había familias conocidas por todos.

Empresarios.

Inversionistas.

Propietarios de compañías.

Personas cuyos hijos habían estudiado allí durante generaciones.

Y entre todos aquellos nombres había uno que prácticamente cualquier estudiante reconocía.

Flores.

Precisamente por eso, lo ocurrido aquella mañana dejaría a más de uno sin palabras.

Una joven desconocida apareció caminando hacia la entrada

Su nombre era Valentina.

Tenía 23 años y acababa de llegar al campus.

A diferencia de muchos de los estudiantes que descendían de vehículos costosos, ella apareció caminando tranquilamente hacia la entrada principal.

Vestía una camiseta blanca sencilla.

Jeans oscuros.

Tenis económicos.

Y llevaba sobre los hombros una mochila negra que mostraba algunas señales de uso.

Su ropa estaba perfectamente limpia y arreglada.

Pero no había absolutamente nada en su apariencia que gritara dinero.

No llevaba un bolso de diseñador.

No tenía joyas llamativas.

No caminaba mirando constantemente un teléfono costoso.

Tampoco parecía interesada en llamar la atención.

Simplemente avanzaba hacia el edificio con absoluta tranquilidad.

Lo extraño era que tampoco parecía impresionada por nada.

Un automóvil deportivo pasó lentamente frente a ella.

Valentina ni siquiera volteó.

Dos estudiantes descendieron de una camioneta de lujo.

Ella continuó caminando.

Era como si todo aquel ambiente de exclusividad le resultara completamente normal.

Pero alguien comenzó a observarla.

Bruno.

Bruno estaba acostumbrado a medir a las personas por lo que llevaban puesto

Bruno tenía 24 años.

Era atractivo, alto, atlético y sabía perfectamente cómo llamar la atención.

Su ropa era costosa.

Sus tenis también.

Pero había un objeto del que parecía especialmente orgulloso.

Su reloj.

Era una pieza de lujo que llevaba en la muñeca izquierda y que Bruno encontraba alguna manera de mostrar cada vez que tenía oportunidad.

Aquella mañana estaba conversando con dos amigos cerca de la entrada cuando vio a Valentina acercándose.

Primero miró su rostro.

Después su camiseta.

Luego los jeans.

Finalmente observó los tenis y la mochila.

Una sonrisa burlona apareció lentamente.

—¿Quién es ella? —preguntó uno de sus amigos.

Bruno negó con la cabeza.

—Ni idea.

El otro volvió a mirar a Valentina.

—Debe ser nueva.

Bruno sonrió.

—Definitivamente.

Valentina estaba a punto de pasar junto a ellos cuando Bruno decidió moverse.

La detuvo antes de que pudiera entrar

Bruno se cruzó naturalmente frente a ella.

Valentina disminuyó el paso.

No parecía asustada.

Solo confundida por el hecho de que un desconocido acabara de bloquearle parcialmente el camino.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

Bruno no respondió inmediatamente.

Volvió a observarla de arriba abajo.

Esta vez lo hizo deliberadamente para que ella se diera cuenta.

Después soltó una pequeña sonrisa.

—¿En serio tú estudias aquí?

Valentina levantó ligeramente una ceja.

—Sí.

Bruno miró hacia sus amigos.

Ellos ya estaban sonriendo.

Entonces levantó ligeramente la muñeca para mostrar su reloj.

—Mi reloj cuesta más que toda la ropa que llevas puesta.

Uno de sus amigos soltó una pequeña carcajada.

Varias personas que caminaban cerca disminuyeron discretamente el paso.

Valentina bajó los ojos hacia el reloj.

Lo observó durante apenas un segundo.

Después volvió a mirar directamente a Bruno.

No parecía ofendida.

No parecía avergonzada.

Y, sobre todo, no parecía impresionada.

Eso desconcertó a Bruno.

La respuesta de Valentina cambió inmediatamente la conversación

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de la joven.

—Qué bueno que sabes cuánto vale tu reloj, porque todavía no sabes cuánto vale mi apellido.

Los amigos de Bruno dejaron de reír durante un instante.

Bruno también quedó sorprendido.

No esperaba aquella respuesta.

Había imaginado que la joven intentaría defender su ropa.

Quizás explicaría que no tenía dinero.

O simplemente se marcharía avergonzada.

Pero había respondido con una seguridad difícil de ignorar.

Bruno soltó una carcajada.

—¿Tu apellido?

Valentina no respondió.

—¿Ahora resulta que tu apellido es importante?

Ella mantuvo la mirada.

Bruno dio medio paso hacia ella.

—Tu apellido ha de valer nada.

Uno de sus amigos volvió a sonreír.

Bruno continuó.

—Aquí mandan los Flores y tú de Flores no tienes nada.

Esta vez Valentina no dijo una sola palabra.

Simplemente lo observó.

Y eso hizo que Bruno creyera que finalmente la había dejado sin respuesta.

—¿Qué pasó? —preguntó—. ¿Ya no vas a hablar de tu apellido?

Valentina miró brevemente por encima de su hombro.

Bruno interpretó el gesto como una señal de incomodidad.

No podía estar más equivocado.

Un directivo acababa de salir del edificio

Desde la entrada principal apareció un hombre elegantemente vestido.

Tenía unos 45 años y ocupaba un importante cargo administrativo dentro de la universidad.

Salió del edificio mirando hacia ambos lados como si estuviera buscando específicamente a alguien.

Entonces vio a Valentina.

Inmediatamente comenzó a caminar hacia ella.

Bruno todavía no se había dado cuenta.

Continuaba disfrutando de lo que creía que era una victoria.

—Mira alrededor —dijo señalando el campus—. Aquí estudian personas importantes.

Valentina lo observó tranquilamente.

—¿Y?

—Y que entrar por esa puerta no significa que pertenezcas aquí.

Uno de sus amigos comenzó a notar al directivo acercándose.

Su expresión cambió.

—Bruno…

Pero Bruno levantó una mano.

—Espera.

Quería terminar.

—Hay niveles, ¿entiendes?

Valentina asintió lentamente.

—Eso estoy viendo.

Bruno sonrió.

Entonces escuchó una voz detrás.

—Disculpen.

Se giró.

Bruno creyó que el directivo venía a saludarlo

Al reconocer al hombre, su postura cambió inmediatamente.

Bruno acomodó ligeramente su camisa y mostró una sonrisa mucho más educada.

—Buenos días, señor.

El directivo respondió con un breve gesto.

Pero no se detuvo frente a él.

Pasó a su lado.

Y se colocó directamente frente a Valentina.

Su expresión se transformó en una sonrisa cordial.

—Señorita Flores, la estaba esperando.

El silencio fue inmediato.

Bruno dejó de sonreír.

Uno de sus amigos abrió ligeramente la boca.

El otro miró a Bruno como si quisiera asegurarse de que también hubiera escuchado correctamente.

Valentina, en cambio, permaneció completamente tranquila.

—Buenos días —respondió.

Bruno parpadeó.

Miró al directivo.

Después a Valentina.

Y nuevamente al directivo.

—¿Cómo la llamó?

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—Señorita Flores.

La expresión de Bruno cambió por completo.

Las palabras que acababa de pronunciar regresaron inmediatamente a su cabeza

“Aquí mandan los Flores.”

“Tú de Flores no tienes nada.”

Bruno había pronunciado aquellas frases hacía apenas unos segundos.

Y ahora un directivo de la universidad acababa de dirigirse a aquella joven como “señorita Flores”.

—Espera —dijo Bruno—. ¿Flores?

Valentina finalmente lo miró.

—Eso dijo.

Uno de sus amigos bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Bruno se volvió hacia él.

—No te rías.

—No estoy riéndome.

Claramente estaba intentando hacerlo.

El directivo miró a Bruno.

—¿Hay algún problema?

—No.

Bruno respondió demasiado rápido.

—Ninguno.

Valentina acomodó tranquilamente la mochila sobre su hombro.

—Estábamos hablando de apellidos.

El directivo pareció confundido.

—¿De apellidos?

—Sí.

Valentina miró el reloj de Bruno.

—Y de relojes.

Uno de los amigos tuvo que girarse.

Bruno intentó descubrir a qué familia Flores pertenecía

La universidad tenía una larga relación con varias familias importantes.

Pero cuando alguien decía “los Flores”, prácticamente todos pensaban en la misma.

Era una familia conocida por su participación en importantes negocios e inversiones.

Además, mantenía una relación histórica con la institución.

Bruno conocía perfectamente aquel apellido.

Precisamente por eso lo había utilizado para intentar intimidar a Valentina.

Lo que jamás había imaginado era que podía estar hablándole directamente a uno de sus miembros.

—Pero… —comenzó Bruno.

Valentina esperó.

—¿Tú eres de esos Flores?

La joven sonrió.

—Hace unos minutos dijiste que de Flores no tenía nada.

—No sabía.

—Exactamente.

Bruno se quedó callado.

La respuesta había sido sencilla.

Pero describía perfectamente todo lo ocurrido.

No sabía absolutamente nada de ella.

Y aun así había decidido juzgarla.

El directivo explicó por qué estaba esperándola

—Señorita Flores —intervino el hombre—, necesitamos su firma antes de comenzar.

Bruno volvió a mirar al directivo.

—¿Su firma?

Valentina no respondió.

El hombre tampoco pareció interesado en darle explicaciones.

—Los demás ya están en la sala.

—Perfecto —respondió Valentina—. Vamos.

Bruno dio un pequeño paso.

—Espera.

Valentina se detuvo.

—¿Qué?

—¿Qué reunión?

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué tendría que explicártelo?

Bruno no encontró respuesta.

El directivo hizo un gesto hacia la entrada.

Valentina comenzó a caminar junto a él.

Pero antes de alejarse, Bruno volvió a hablar.

—Valentina.

Ella se giró.

Era la primera vez que Bruno utilizaba su nombre.

La actitud de Bruno había cambiado en cuestión de segundos

Ya no estaba mirando su camiseta.

No miraba sus tenis.

Ni siquiera parecía interesado en la mochila gastada.

Ahora quería saber quién era.

—Mira —dijo—, creo que empezamos mal.

Uno de sus amigos levantó las cejas.

Valentina casi sonrió.

—¿Empezamos?

—Sí.

—Yo solamente venía caminando.

Bruno guardó silencio.

—Tú me detuviste.

—Bueno, sí, pero…

—Tú preguntaste si realmente estudiaba aquí.

—Era una broma.

—Después me dijiste cuánto costaba tu reloj.

Bruno miró su muñeca.

Por primera vez aquella mañana, el objeto parecía incomodarlo.

—También era una broma.

Valentina asintió.

—Y después dijiste que mi apellido no valía nada.

Uno de los amigos de Bruno murmuró:

—Esa parte sí estuvo fuerte.

Bruno lo fulminó con la mirada.

—¿Puedes dejar de ayudar?

Valentina no necesitó presumir para responderle

El directivo permaneció unos pasos más adelante esperando.

Valentina podía haberse marchado.

Pero decidió decir algo más.

—¿Sabes qué es lo curioso?

Bruno la miró.

—¿Qué?

—Que si ese señor no hubiera aparecido, seguirías pensando exactamente lo mismo de mí.

Bruno no respondió.

—Seguirías creyendo que mi ropa dice cuánto dinero tengo.

Silencio.

—Que mis tenis dicen quién es mi familia.

Valentina señaló ligeramente su mochila.

—Y probablemente que esto decide si merezco estudiar aquí.

Bruno bajó la mirada.

—No era para tanto.

—Entonces, ¿por qué ahora estás intentando disculparte?

La pregunta lo dejó sin respuesta.

Los estudiantes que habían observado comenzaron a entender lo ocurrido

La conversación había atraído a varias personas.

Algunos conocían a Bruno.

Otros habían escuchado solamente las últimas frases.

Pero el nombre Flores comenzó a circular rápidamente.

—¿Ella es Flores?

—Eso dijo el directivo.

—¿De la familia Flores?

—Parece que sí.

Bruno escuchó los murmullos.

La situación comenzaba a resultarle cada vez más incómoda.

Uno de sus amigos se acercó.

—Hermano, vámonos.

—¿Por qué?

—Porque esto solamente puede empeorar.

Bruno respiró profundamente.

Pero su orgullo todavía no le permitía marcharse.

—Yo conozco a los Flores.

Valentina, que ya estaba a varios pasos, volvió a detenerse.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Entonces dime quién soy.

Bruno abrió la boca.

No salió ninguna respuesta.

La realidad era que Bruno conocía el apellido, no a la familia

Había escuchado historias.

Conocía algunos de sus negocios.

Había visto fotografías de ciertos miembros de la familia en eventos.

Pero nunca había conocido personalmente a Valentina.

Y como ella no vestía de la manera que él esperaba, jamás había considerado aquella posibilidad.

—No tengo que conocer a todos —respondió finalmente.

Valentina sonrió.

—Pero sí te sentiste suficientemente seguro para utilizar mi propio apellido contra mí.

Uno de los amigos de Bruno soltó una pequeña risa.

Esta vez Bruno no dijo nada.

Valentina continuó caminando.

La reunión reveló por qué la universidad la estaba esperando

Dentro del edificio, Valentina acompañó al directivo hasta una sala privada.

Allí esperaban varios representantes de la institución.

Su presencia no era casual.

La familia Flores llevaba años colaborando con diferentes programas universitarios.

Pero Valentina había solicitado algo particular.

No quería ningún recibimiento especial.

No quería fotografías.

No quería que anunciaran su llegada.

Y mucho menos quería que los demás estudiantes supieran quién era únicamente por su apellido.

Había decidido comenzar aquella etapa universitaria como cualquier otra estudiante.

Precisamente por eso llevaba ropa sencilla.

No era un disfraz.

Era simplemente la forma en que le gustaba vestir.

Su mochila tampoco escondía ningún misterio.

Era una mochila que había utilizado durante años y que se negaba a cambiar porque todavía funcionaba perfectamente.

Mientras tanto, afuera, Bruno seguía intentando comprender cómo había cometido semejante error.

El reloj que había utilizado para presumir comenzó a convertirse en una broma

Durante el resto de la mañana, cada vez que alguno de sus amigos miraba su muñeca, Bruno se molestaba.

—Ni empieces.

—No dije nada.

—Pero lo estás pensando.

Su amigo sonrió.

—Solo quería saber cuánto vale.

Bruno negó con la cabeza.

—Cállate.

El otro intervino.

—Por lo menos ahora sabemos que sabes cuánto vale tu reloj.

Ambos comenzaron a reír.

Bruno los miró seriamente.

—Son pésimos amigos.

—Nosotros no te dijimos que fueras a molestarla.

Bruno no pudo discutir aquello.

Todo había comenzado por decisión suya.

Horas después volvió a encontrarse con Valentina

El segundo encuentro ocurrió cerca de una cafetería del campus.

Valentina estaba sentada sola revisando algunas notas.

Seguía llevando exactamente la misma ropa.

La camiseta blanca.

Los jeans.

Los mismos tenis.

Y su mochila estaba apoyada junto a la silla.

Bruno la vio desde lejos.

Durante varios segundos dudó.

Finalmente caminó hacia ella.

—¿Puedo hablar contigo?

Valentina levantó la mirada.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Vas a volver a decirme cuánto cuesta algo?

Bruno cerró los ojos durante un segundo.

—Me merecía eso.

Valentina dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Habla.

Esta vez Bruno decidió disculparse sin excusas

—Lo de esta mañana estuvo mal.

Valentina permaneció en silencio.

—Te juzgué sin conocerte.

—Sí.

—Y fui arrogante.

—También.

Bruno casi sonrió.

—No vas a facilitarme esto, ¿verdad?

—No fui yo quien lo complicó.

Bruno asintió.

—Tienes razón.

Hubo un pequeño silencio.

—Perdón.

Esta vez Valentina notó algo diferente.

No había amigos alrededor.

No había estudiantes observando.

Bruno tampoco estaba intentando proteger su reputación.

Simplemente parecía reconocer que se había equivocado.

—Acepto la disculpa —respondió finalmente.

Bruno respiró aliviado.

Pero Valentina todavía no había terminado.

Valentina quiso saber algo

—Tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Te habrías disculpado si mi apellido no fuera Flores?

Bruno quedó completamente inmóvil.

La pregunta era mucho más difícil que cualquier otra.

Valentina esperó.

—No sé —admitió finalmente.

Ella asintió.

—Entonces ahí está el verdadero problema.

Bruno bajó la mirada.

Valentina continuó:

—No deberías necesitar descubrir que alguien tiene dinero, influencia o un apellido conocido para tratarlo con respeto.

Bruno permaneció callado.

—Porque mañana puedes hacerle exactamente lo mismo a otra persona.

—Entiendo.

—Espero que sí.

El apellido Flores dejó de ser lo más importante

Con el paso de los días, Valentina continuó asistiendo a clases como cualquier otra estudiante.

No cambió su forma de vestir.

No comenzó a llevar accesorios llamativos.

Tampoco utilizó su apellido para conseguir privilegios.

Y aquello terminó sorprendiendo a muchos más que la revelación inicial.

Algunos estudiantes que se acercaron a ella esperando conocer a una joven presumida descubrieron exactamente lo contrario.

Valentina prefería hablar de sus estudios.

De sus proyectos.

De sus planes.

Muy pocas veces mencionaba a su familia.

Bruno también comenzó a comportarse de manera diferente.

No cambió de personalidad de un día para otro.

Seguía disfrutando de la ropa costosa.

Seguía llevando su famoso reloj.

Pero sus amigos notaron algo.

Había dejado de utilizarlo como argumento para demostrar que era superior a alguien.

Un nuevo estudiante puso a prueba si realmente había aprendido

Varias semanas después, un joven llegó al campus vestido de manera sencilla.

Uno de los amigos de Bruno lo vio.

—Mira.

Bruno giró.

—¿Qué?

—Ese muchacho parece que se perdió.

Bruno observó al estudiante.

Durante unos segundos pareció recordar exactamente lo ocurrido con Valentina.

Después miró a su amigo.

—Déjalo tranquilo.

—¿Qué?

—Que lo dejes tranquilo.

Su amigo sonrió.

—La señorita Flores te cambió.

Bruno miró su reloj.

—No empieces otra vez.

Ambos rieron.

Valentina escuchó la conversación

Casualmente caminaba unos metros detrás.

Había escuchado suficiente para comprender lo ocurrido.

Al pasar junto a Bruno, disminuyó ligeramente el paso.

—Parece que aprendiste algo.

Bruno sonrió.

—Algo.

Valentina miró su muñeca.

—¿Y todavía sabes cuánto vale tu reloj?

Bruno soltó una carcajada.

—Nunca vas a dejarme olvidar eso, ¿verdad?

—Probablemente no.

—Perfecto.

Valentina continuó caminando.

Bruno la llamó.

—¡Valentina!

Ella se giró.

—¿Qué?

—Por cierto…

Bruno levantó ligeramente la muñeca.

—Sigue siendo un buen reloj.

Valentina sonrió.

—Nunca dije que no lo fuera.

Y continuó hacia el edificio.

Todo había comenzado por una simple apariencia

Aquella mañana Bruno creyó que podía saberlo todo sobre una persona mirando su ropa.

Vio una camiseta sencilla.

Unos jeans comunes.

Tenis económicos.

Una mochila gastada.

Y decidió inmediatamente que Valentina no pertenecía a aquel lugar.

Después utilizó su reloj para intentar demostrar que existía una enorme diferencia entre ambos.

Pero terminó descubriendo algo mucho más incómodo.

La persona a la que estaba intentando impresionar conocía perfectamente el mundo del que Bruno presumía.

Simplemente no necesitaba demostrarlo.

Y cuando pronunció orgullosamente:

—Aquí mandan los Flores y tú de Flores no tienes nada.

No podía imaginar que segundos después escucharía detrás de él:

—Señorita Flores, la estaba esperando.

En ese instante no fue el precio del reloj lo que importó.

Tampoco el dinero de ninguna de las dos familias.

Lo verdaderamente importante fue descubrir lo fácil que resulta equivocarse cuando intentamos calcular el valor de una persona únicamente por lo que lleva puesto.

Porque Bruno conocía perfectamente cuánto costaba su reloj.

Pero aquella mañana descubrió que todavía tenía mucho que aprender sobre el valor de las personas.