Un recluso quiso impedirle hacer una llamada sin imaginar a quién intentaba desafiar

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El pasillo de aquella prisión de máxima seguridad era uno de los lugares más incómodos de todo el penal.

Las paredes gris verdosas parecían absorber cualquier rastro de calidez, mientras las lámparas fluorescentes del techo proyectaban una luz blanca y fría sobre el suelo.

A ambos lados había puertas reforzadas, cámaras de seguridad y pequeños espacios donde los reclusos podían realizar algunas de las pocas actividades permitidas durante determinadas horas del día.

En una de las paredes se encontraba un viejo teléfono penitenciario.

Para muchos internos, aquel aparato era mucho más importante de lo que parecía.

Era una de las pocas conexiones que todavía conservaban con el mundo exterior.

Una llamada podía significar escuchar la voz de un hijo.

Hablar con una esposa.

Preguntar por un familiar.

O simplemente recordar durante unos minutos que todavía existía una vida fuera de aquellos enormes muros.

Aquella tarde, Damián solamente quería hacer una cosa.

Llamar a su madre.

Pero alguien había decidido que no se lo permitiría.

Damián apenas llevaba unos días en aquella prisión

Damián tenía 25 años.

Era atlético, reservado y hablaba poco.

Desde que había llegado al penal había intentado mantenerse alejado de los problemas.

No porque sintiera miedo.

Simplemente no estaba interesado en participar en las constantes disputas de poder que existían entre algunos internos.

Durante sus primeros días había observado cuidadosamente cómo funcionaban las cosas.

Había grupos.

Había amistades.

Había rivalidades.

Y, sobre todo, había hombres que parecían convencidos de que podían imponer sus propias reglas sobre los demás.

Entre ellos destacaba Bruno.

Era difícil no notarlo.

Tenía 38 años y físicamente sobresalía entre casi todos los internos del bloque.

Era extremadamente alto, robusto y musculoso.

Su cabeza completamente rapada, su gruesa barba y los enormes tatuajes que cubrían su pecho, cuello y brazos hacían que su presencia resultara todavía más intimidante.

Pero su verdadera influencia no provenía únicamente de su tamaño.

Bruno llevaba suficiente tiempo allí para haberse rodeado de varios hombres que lo seguían constantemente.

Dos de ellos casi siempre caminaban detrás de él.

Y los internos nuevos aprendían rápidamente una regla no escrita.

Cuando Bruno quería algo, la mayoría prefería no discutir.

Damián todavía no había tenido ningún problema con él.

Hasta aquella tarde.

Todo comenzó frente al teléfono del pasillo

Damián caminó tranquilamente hasta el teléfono público.

Había esperado su oportunidad durante varios minutos.

Cuando finalmente quedó libre, tomó el auricular con la mano derecha.

Miró los números escritos en una pequeña libreta y comenzó a marcar.

No alcanzó a terminar.

Desde el fondo del corredor apareció Bruno acompañado por sus dos hombres.

Venían conversando mientras caminaban.

Bruno levantó la mirada.

Vio a Damián utilizando el teléfono.

Inmediatamente cambió de dirección.

Uno de sus acompañantes sonrió al comprender hacia dónde iba.

Damián continuó marcando.

Bruno llegó hasta él y, sin preguntarle absolutamente nada, extendió una mano hacia la horquilla del teléfono.

La presionó.

La llamada se cortó antes de conectar.

Damián dejó de marcar.

Miró primero el teléfono.

Después giró lentamente hacia Bruno.

—Se acabó tu turno, nuevo.

Damián permaneció inmóvil durante un instante.

—Ni siquiera he llamado.

Bruno sonrió sarcásticamente.

—¿Y a mí qué?

Los dos hombres detrás de él intercambiaron miradas.

Estaban esperando que Damián simplemente dejara el auricular y se marchara.

Eso era lo que normalmente ocurría.

Pero Damián no lo hizo.

Solo quería escuchar la voz de su madre

Damián mantuvo el auricular en la mano.

—Estoy llamando a mi mamá.

Por un momento, Bruno lo miró como si aquella explicación le resultara divertida.

Después dio un pequeño paso hacia él.

La diferencia física entre ambos era evidente.

—Entonces dile a mamá que espere hasta mañana.

Uno de los acompañantes dejó escapar una sonrisa.

El otro cruzó los brazos.

Damián observó fijamente a Bruno.

No había levantado la voz.

Tampoco había intentado intimidarlo.

Pero no soltó el teléfono.

Bruno comenzó a perder la sonrisa.

Estaba acostumbrado a que su tamaño y reputación fueran suficientes.

La mayoría de los internos nuevos evitaban mirarlo directamente durante demasiado tiempo.

Damián hacía exactamente lo contrario.

Bruno extendió lentamente su enorme mano.

Agarró el auricular.

Y se lo quitó.

—Devuélveme el teléfono —dijo Damián.

Bruno levantó ligeramente el auricular.

—Aquí llamas cuando yo termine.

Damián extendió la mano.

—Dame el teléfono.

Los dos acompañantes dejaron de sonreír durante un instante.

No porque Damián hubiera hecho algo agresivo.

Sino porque acababa de hablarle a Bruno de una manera que muy pocos se atrevían a utilizar.

Bruno decidió convertir aquello en una demostración de poder

Bruno observó la mano extendida de Damián.

Después levantó la mirada hacia su rostro.

Una sonrisa apareció lentamente bajo su barba.

Entonces abrió los dedos.

El auricular cayó.

El cable impidió que golpeara el suelo y quedó balanceándose junto a la pared.

Bruno acercó ligeramente el rostro.

—¿O qué vas a hacer?

El pasillo comenzó a quedarse extrañamente silencioso.

Otros internos habían notado la confrontación.

Algunos permanecían a distancia.

Nadie parecía dispuesto a intervenir.

Damián miró el auricular balanceándose.

Después volvió a mirar a Bruno.

—Voy a terminar mi llamada.

Bruno soltó una carcajada corta.

—Creo que todavía no entiendes dónde estás.

—Entiendo perfectamente.

—Entonces aprende rápido.

Bruno señaló el teléfono.

—Cuando yo digo que se acabó tu turno, se acabó.

Damián permaneció completamente tranquilo.

—Ese teléfono no es tuyo.

La sonrisa de Bruno desapareció.

Uno de sus acompañantes dio un pequeño paso hacia adelante.

Bruno levantó discretamente una mano.

No necesitaba ayuda.

O al menos eso pensaba.

La situación comenzó a llamar la atención de todo el corredor

Los rumores sobre cualquier confrontación viajaban rápidamente dentro de la prisión.

En pocos segundos, varios internos habían comenzado a mirar desde diferentes puntos del pasillo.

Todos conocían a Bruno.

Pero casi nadie conocía a Damián.

Para ellos era simplemente el nuevo.

Un joven que acababa de llegar y que aparentemente todavía no comprendía con quién estaba hablando.

—Déjalo, nuevo —dijo uno de los internos desde cierta distancia.

Damián ni siquiera giró.

Bruno sonrió nuevamente.

—Escúchalo. Parece que él sí quiere que llegues tranquilo a mañana.

Damián bajó la mirada hacia el auricular.

Lo tomó.

Bruno inmediatamente colocó una mano contra la pared, bloqueándole parcialmente el acceso al teléfono.

—Te dije que no.

Damián levantó la mirada.

—Y yo te dije que voy a llamar.

Bruno se acercó todavía más.

Ahora apenas quedaba espacio entre ambos.

Los acompañantes comenzaron a sonreír nuevamente.

Creían saber perfectamente cómo terminaría aquello.

Pero algo en la expresión de Damián comenzaba a resultar extraño.

No parecía nervioso.

Ni siquiera estaba respirando más rápido.

Bruno cometió el error de intentar quitarle nuevamente el teléfono

Damián volvió a levantar el auricular.

Esta vez Bruno reaccionó inmediatamente.

Extendió la mano para arrebatárselo.

Damián retiró el brazo antes de que pudiera agarrarlo.

El movimiento fue rápido, pero controlado.

Bruno frunció el ceño.

—¿Ahora estás jugando conmigo?

—No.

Damián colocó nuevamente el auricular cerca del aparato.

—Solamente quiero hacer una llamada.

—Pues no vas a hacerla.

—Eso ya lo veremos.

Bruno dio un paso hacia adelante.

Uno de sus acompañantes murmuró:

—Este nuevo está loco.

El otro sonrió.

—Déjalo. Va a aprender.

Damián escuchó ambos comentarios.

No respondió.

Su atención permanecía completamente sobre Bruno.

Entonces Bruno intentó empujarlo

Todo ocurrió rápidamente.

Bruno extendió una mano enorme hacia el pecho de Damián.

Su intención era sencilla.

Apartarlo del teléfono delante de todos.

Pero Damián vio el movimiento desde el principio.

Giró ligeramente el torso y desvió el brazo.

No lanzó ningún golpe.

Simplemente evitó que Bruno pudiera moverlo.

El gesto fue suficiente para cambiar completamente el ambiente.

Bruno quedó sorprendido.

Los acompañantes también.

Uno de los internos que observaba desde el fondo murmuró:

—Ese tipo sabe lo que hace.

Bruno lo escuchó.

Y aquello empeoró todo.

Su problema ya no era el teléfono.

Era su orgullo.

Había intentado demostrar delante de todos que podía controlar al nuevo.

Y el nuevo ni siquiera se había movido del lugar.

La verdadera historia de Damián comenzó a despertar preguntas

Uno de los reclusos más veteranos observaba desde un banco cercano.

Había visto llegar a cientos de internos durante sus años en el penal.

La mayoría necesitaba tiempo para adaptarse.

Damián era diferente.

—¿Quién es ese muchacho? —preguntó otro interno.

El veterano negó con la cabeza.

—No sé.

—¿Es nuevo?

—Llegó esta semana.

—Pues no parece tenerle miedo a Bruno.

El veterano continuó observando.

—Ese no es el problema.

—¿Entonces?

—Parece que ya conocía lugares peores que este.

Nadie sabía todavía cuánto había de cierto en aquella impresión.

Damián no hablaba de su pasado.

No contaba historias.

No intentaba impresionar a nadie.

Desde su llegada solamente había pedido tres cosas: saber dónde dormir, conocer las reglas oficiales y averiguar cuándo podía llamar a su madre.

Aquella llamada era la primera que intentaba realizar.

Bruno quiso saber por qué aquella llamada era tan importante

—¿Qué pasa? —preguntó Bruno—. ¿Mamá está preocupada porque su niño no llamó?

Los dos acompañantes sonrieron.

Damián lo miró durante varios segundos.

—Mi madre está enferma.

Las sonrisas desaparecieron por un instante.

Bruno, sin embargo, no retrocedió.

—No es mi problema.

Damián apretó ligeramente la mandíbula.

Era la primera señal visible de enojo.

—Tienes razón.

Bruno pareció sorprendido.

—Entonces entendiste.

—Entendí que no es tu problema.

Damián señaló el teléfono.

—Por eso no tienes ninguna razón para impedirme llamar.

Algunos internos intercambiaron miradas.

Bruno ya no podía retroceder fácilmente.

Había convertido una simple llamada en una cuestión de autoridad delante de demasiadas personas.

Un guardia apareció al final del corredor

El sonido de unas botas hizo que varios internos se apartaran.

Un oficial apareció desde uno de los extremos del pasillo.

Miró al grupo.

—¿Qué está pasando aquí?

Nadie respondió inmediatamente.

Bruno dio medio paso atrás.

—Nada.

El oficial miró el teléfono.

Después observó a Damián.

—¿Estabas usando el teléfono?

—Estaba intentando llamar.

El guardia miró el reloj.

—Todavía tienes tiempo.

Bruno frunció el ceño.

Aquellas cuatro palabras habían desmontado completamente su argumento.

El oficial señaló a los acompañantes.

—Circulen.

Los dos hombres comenzaron a alejarse.

Bruno permaneció unos segundos más.

Antes de marcharse se acercó ligeramente a Damián.

—Esto no termina aquí.

Damián respondió sin levantar la voz.

—Nunca tuvo que empezar.

Bruno se alejó.

Finalmente el teléfono comenzó a sonar al otro lado

El corredor recuperó poco a poco su movimiento normal.

Damián volvió hacia el teléfono.

Tomó el auricular.

Marcó nuevamente el número.

Esta vez nadie lo interrumpió.

Esperó.

Un tono.

Dos.

Tres.

Entonces alguien respondió.

—¿Hola?

La expresión de Damián cambió inmediatamente.

Toda la dureza que había mostrado frente a Bruno desapareció.

—Mamá.

Hubo silencio al otro lado.

Después escuchó una voz emocionada.

—Damián.

Él cerró los ojos durante un segundo.

—Sí, mamá. Soy yo.

—Estaba esperando tu llamada.

Damián miró hacia el corredor.

Bruno ya no estaba allí.

—Lo sé.

—¿Estás bien?

Damián dudó.

—Estoy bien.

No quería preocuparla.

La llamada reveló un lado de Damián que nadie esperaba

Algunos internos todavía podían verlo desde lejos.

El mismo joven que minutos antes había permanecido cara a cara con el hombre más intimidante del bloque ahora hablaba con una suavidad completamente diferente.

—¿Tomaste tus medicamentos? —preguntó Damián.

—Sí.

—¿Seguro?

Su madre soltó una pequeña risa.

—Sí, hijo.

Damián sonrió por primera vez desde que había llegado al penal.

—Voy a preguntarte cada vez que llame.

—Entonces tendrás que llamarme mucho.

—Eso pienso hacer.

La conversación duró apenas unos minutos.

Pero para Damián significó mucho más.

Antes de colgar, su madre hizo una última pregunta.

—¿De verdad estás bien?

Damián miró el largo corredor.

—Sí.

Esta vez respondió con seguridad.

—No te preocupes por mí.

Bruno lo estaba esperando cuando terminó

Damián colgó el teléfono.

Se giró.

Al final del corredor estaba Bruno.

Solo.

Sus acompañantes ya no estaban con él.

Durante unos segundos ninguno habló.

Bruno comenzó a caminar hacia Damián.

Esta vez no sonreía.

Damián permaneció junto al teléfono.

—¿Terminaste? —preguntó Bruno.

—Sí.

—Bien.

Bruno se detuvo a pocos pasos.

—Ahora podemos hablar.

Damián suspiró.

—¿Todavía quieres seguir con esto?

—Me hiciste quedar mal delante de todo el bloque.

—Tú hiciste eso solo.

Bruno apretó la mandíbula.

—Ten cuidado, nuevo.

Damián dio un paso hacia él.

—Mi nombre es Damián.

Bruno lo observó.

—Me da igual cómo te llames.

—Entonces deja de buscarme.

Por primera vez, Bruno no respondió inmediatamente.

Al día siguiente todos hablaban del nuevo

La historia había recorrido prácticamente todo el bloque.

Pero, como ocurre con cualquier rumor, cada persona contaba una versión diferente.

Algunos decían que Damián había amenazado a Bruno.

Otros aseguraban que habían estado a segundos de pelear.

También estaban quienes afirmaban que Bruno había retrocedido.

Eso último era falso.

Pero la reputación no siempre se construye con hechos exactos.

A veces basta con que alguien se niegue a hacer lo que todos los demás hacen.

Y Damián había hecho precisamente eso.

Había dicho que no.

Sin gritar.

Sin presumir.

Sin buscar una pelea.

Bruno comprendió rápidamente que aquello podía convertirse en un problema.

Si permitía que un interno recién llegado lo desafiara públicamente, otros podían comenzar a hacer lo mismo.

Por eso tomó una decisión.

La siguiente vez no habría un guardia cerca.

La verdadera confrontación ocurrió en el patio

A la tarde siguiente, Damián salió al patio durante el horario de recreación.

El cielo estaba despejado.

Algunos internos jugaban baloncesto.

Otros hacían ejercicio.

Damián caminó hacia uno de los bancos.

Entonces vio a Bruno.

Esta vez venía acompañado nuevamente por los mismos dos hombres.

Damián comprendió inmediatamente que no era una coincidencia.

Bruno se detuvo frente a él.

—Te dije que esto no terminaba ahí.

Damián permaneció sentado.

—Y yo esperaba que después de dormir lo pensaras mejor.

Uno de los acompañantes soltó una carcajada.

Bruno no encontró gracioso el comentario.

—Levántate.

Damián lo miró.

—¿Para qué?

—Porque te estoy hablando.

—Puedes hablar desde ahí.

Varias personas comenzaron a prestar atención.

Damián se negó nuevamente a obedecer

Bruno dio otro paso.

—Ayer tuviste suerte.

—¿Por qué?

—Porque apareció el guardia.

Damián inclinó ligeramente la cabeza.

—Yo no llamé al guardia.

Bruno guardó silencio.

Era cierto.

Damián ni siquiera había pedido ayuda.

—Levántate —repitió Bruno.

Damián finalmente lo hizo.

No porque Bruno se lo hubiera ordenado.

Sino porque estaba cansado de hablar sentado.

Cuando quedó de pie, la diferencia de tamaño volvió a ser evidente.

Bruno era considerablemente más grande.

Uno de sus acompañantes sonrió.

—Ahora sí.

Damián lo miró brevemente.

—Esto es entre él y yo.

El hombre dejó de sonreír.

Bruno dio un paso adelante.

—Exactamente.

Pero la reacción de Damián cambió completamente la situación

Bruno levantó una mano y colocó un dedo sobre el pecho de Damián.

—A partir de hoy, cuando yo diga algo…

Damián apartó tranquilamente su mano.

—No me toques.

El patio quedó en silencio.

Bruno miró su propia mano.

Después levantó los ojos.

—¿Qué dijiste?

—Que no me toques.

Uno de los acompañantes comenzó a avanzar.

Bruno lo detuvo.

Quería resolver aquello personalmente.

Pero antes de que pudiera hacer nada, una voz se escuchó desde uno de los extremos del patio.

—¡Mendoza!

Bruno se detuvo.

Un funcionario penitenciario observaba desde la distancia.

—Sepárense.

Bruno respiró profundamente.

Miró a Damián.

—Otra vez tuviste suerte.

Damián negó suavemente con la cabeza.

—Sigues pensando que soy yo quien necesita suerte.

Bruno se marchó.

Un interno veterano finalmente decidió hablar con Damián

Cuando Bruno desapareció, el hombre mayor que había observado la primera confrontación se acercó.

Se llamaba Julián.

Llevaba suficientes años allí para conocer perfectamente las dinámicas del bloque.

Se sentó junto a Damián.

—No va a detenerse.

Damián miró hacia donde Bruno había desaparecido.

—Ya me di cuenta.

—Bruno no está acostumbrado a que alguien le diga que no.

—Ese no es mi problema.

Julián sonrió.

—Eso mismo es lo que lo vuelve tu problema.

Damián guardó silencio.

—¿Qué quieres que haga?

—Nada.

—Entonces estamos de acuerdo.

Julián lo estudió durante unos segundos.

—¿Dónde aprendiste a mantenerte así de tranquilo?

Damián lo miró.

—Hace mucho tiempo.

—¿Dónde?

Damián se levantó.

—Prefiero no hablar de eso.

Y se marchó.

La segunda llamada cambió algo inesperado

Dos días después llegó nuevamente el horario del teléfono.

Damián caminó por el mismo corredor.

Bruno estaba allí.

Sentado a pocos metros del aparato.

Sus dos acompañantes permanecían cerca.

Damián continuó caminando.

No disminuyó el paso.

Llegó hasta el teléfono.

Tomó el auricular.

Esperó.

Bruno levantó la mirada.

Durante varios segundos ambos se observaron.

Los acompañantes esperaban la orden.

Pero Bruno no dijo nada.

Damián comenzó a marcar.

Uno de los hombres miró a Bruno.

—¿Lo vas a dejar?

Bruno giró lentamente hacia él.

—Está llamando a su madre.

El acompañante quedó sorprendido.

Bruno volvió la mirada hacia Damián.

—Déjalo.

Damián escuchó.

No sonrió.

No agradeció.

Simplemente terminó de marcar.

Pero aquello no significaba que el conflicto hubiera terminado

La llamada conectó.

—Hola, mamá.

Mientras hablaba, Damián miró brevemente hacia Bruno.

El enorme recluso ya caminaba por el pasillo con sus acompañantes.

Por primera vez desde que había llegado, Damián había conseguido utilizar el teléfono sin ninguna interrupción.

Pero había algo que todavía no sabía.

Bruno no había cambiado de opinión por bondad.

Había comenzado a observarlo.

Quería descubrir quién era realmente aquel joven.

Quería saber por qué nunca parecía intimidado.

Y, sobre todo, quería entender por qué uno de los internos veteranos había pronunciado unas palabras que comenzaron a circular por el bloque aquella misma noche.

—Ese muchacho no está aprendiendo cómo funciona esta prisión.

—¿Entonces?

El veterano miró hacia Damián.

—Parece que la prisión está empezando a aprender cómo funciona él.

La historia entre Damián y Bruno apenas había comenzado.

Porque impedir aquella llamada había parecido un gesto insignificante.

Pero para Bruno terminó convirtiéndose en el primer momento en años en que alguien lo miró directamente a los ojos y simplemente se negó a obedecer.

Y la próxima confrontación ya no ocurriría frente a un teléfono.