El joven aceptó el reto de los 40 millones y lo que ocurrió en el lago dejó a todos en silencio

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La fiesta había reunido a algunas de las personas más poderosas y adineradas de la ciudad.

Empresarios, inversionistas, celebridades y familias de enorme fortuna caminaban por los jardines de una propiedad privada que parecía sacada de una película.

En el centro de aquella gigantesca finca se encontraba un enorme lago oscuro.

Pero no era un lago cualquiera.

Varios cocodrilos adultos podían verse desplazándose lentamente por la superficie.

Nadie se acercaba demasiado.

Nadie excepto Mateo.

El joven de 25 años permanecía tranquilamente frente al agua mientras decenas de invitados lo observaban.

Su apariencia contrastaba completamente con la de todos los presentes.

Mientras los demás llevaban trajes costosos, vestidos exclusivos, relojes de lujo y joyas brillantes, Mateo vestía ropa sencilla y desgastada.

Tenía las manos sucias y el cabello desordenado.

Muchos comenzaron a preguntarse qué hacía alguien como él en aquella propiedad.

Pero Mateo parecía ignorar todas las miradas.

Su atención estaba puesta únicamente en el lago.

El millonario decidió lanzar un reto frente a todos

El propietario de la finca era el señor Ferrer, un poderoso empresario de 58 años conocido por organizar reuniones extravagantes para sus invitados.

Aquella tarde había preparado algo que nadie esperaba.

Ferrer caminó hasta la orilla del lago acompañado por varios invitados.

Mateo estaba cerca.

El empresario lo observó durante unos segundos y después señaló el agua.

—El lago está lleno de cocodrilos.

Algunos invitados sonrieron nerviosamente.

Ferrer continuó:

—Te doy cuarenta millones si entras y permaneces diez segundos.

Las conversaciones alrededor se detuvieron.

Varias personas creyeron que Mateo rechazaría inmediatamente la propuesta.

Una mujer incluso murmuró:

—Nadie sería capaz de hacer algo así.

Mateo no respondió enseguida.

Observó el lago.

A pocos metros de la orilla podían distinguirse claramente varias siluetas desplazándose bajo el agua.

Una enorme cabeza apareció brevemente sobre la superficie antes de desaparecer nuevamente.

Los invitados esperaban.

Ferrer también.

Entonces Mateo respondió con una sola palabra:

—Acepto.

Nadie esperaba que realmente entrara

Las sonrisas desaparecieron.

—¿Habla en serio? —preguntó uno de los invitados.

Mateo comenzó a caminar.

La multitud abrió lentamente un camino.

Algunos sacaron sus teléfonos.

Otros intentaron convencerlo de que se detuviera.

Pero Mateo continuó avanzando hasta llegar a la orilla.

Miró el agua una última vez.

Después entró.

Primero introdujo los pies.

Luego avanzó hasta que el agua llegó a sus rodillas.

Finalmente continuó hasta quedar aproximadamente a la altura de la cintura.

Un murmullo recorrió inmediatamente a la multitud.

—Está loco.

—Que salga de ahí.

—Esto ya dejó de ser divertido.

Incluso Ferrer comenzó a observarlo con una expresión diferente.

Quizás esperaba que Mateo simplemente fingiera aceptar el desafío.

Pero el joven estaba realmente dentro del lago.

Entonces uno de los cocodrilos cambió de dirección

Mateo permanecía completamente quieto.

Intentaba controlar su respiración mientras observaba el agua a su alrededor.

Habían transcurrido apenas unos segundos cuando alguien desde la orilla señaló hacia la izquierda.

—¡Miren!

Una gran silueta acababa de cambiar de dirección.

Era uno de los cocodrilos más grandes del lago.

Y ahora avanzaba directamente hacia Mateo.

La multitud retrocedió instintivamente.

—¡Sal de ahí! —gritó alguien.

Mateo escuchó la advertencia.

Pero no se movió.

El cocodrilo continuó acercándose.

Su cabeza permanecía sobre la superficie mientras su enorme cuerpo avanzaba silenciosamente bajo el agua.

Cada segundo reducía la distancia.

Ferrer dejó de sonreír.

—Muchacho, ya está bien —dijo desde la orilla—. Sal del agua.

Mateo parecía no escucharlo.

Había algo extraño en su expresión.

Ya no estaba mirando al animal como alguien que esperaba un ataque.

Lo observaba como si estuviera intentando recordar algo.

El cocodrilo llegó hasta él

La enorme criatura alcanzó la zona menos profunda.

Levantó lentamente la cabeza.

Parte de su poderoso cuerpo quedó visible sobre el agua.

La multitud quedó completamente inmóvil.

Mateo podía retroceder.

Podía intentar regresar a la orilla.

Pero hizo exactamente lo contrario.

Dio un pequeño paso hacia delante.

—¿Qué está haciendo? —susurró una mujer.

Mateo entrecerró los ojos.

Había algo en aquel animal.

Una pequeña marca cerca de uno de sus ojos.

Una característica que despertó inmediatamente un recuerdo que llevaba años enterrado.

Mateo dejó de escuchar a la multitud.

Por un instante, parecía que en aquel lugar solamente existían él y el enorme cocodrilo.

Entonces habló.

—Amigo, mírame.

Ferrer giró sorprendido.

Mateo continuó:

—Soy yo… yo te crié. ¡Recuérdame!

Lo imposible ocurrió frente a todos

El cocodrilo dejó de avanzar.

Completamente.

Mateo tampoco se movió.

Los dos permanecieron frente a frente.

—¿Qué acaba de decir? —preguntó uno de los invitados.

—Dijo que él lo crió.

Ferrer miró inmediatamente a uno de los empleados de la finca.

—¿Ese animal lleva mucho tiempo aquí?

El trabajador parecía confundido.

—Muchísimos años, señor.

Ferrer volvió a mirar a Mateo.

Algo no tenía sentido.

El joven vestido con ropa desgastada que aparentemente nadie conocía acababa de afirmar que había criado a uno de los animales del lago privado.

Pero había algo todavía más extraño.

El cocodrilo parecía estar observándolo.

No avanzaba.

No retrocedía.

Simplemente permanecía allí.

Mateo conocía aquel lago mucho antes de esa fiesta

Lo que ninguno de los invitados sabía era que Mateo no había llegado a aquella propiedad por casualidad.

Años atrás, cuando todavía era un niño, había pasado una parte importante de su vida muy cerca de aquella finca.

En aquella época el lugar era completamente diferente.

No existían las enormes fiestas.

No había filas de automóviles de lujo.

Tampoco estaban los jardines perfectamente iluminados que ahora rodeaban la mansión.

Mateo vivía con su madre en una pequeña propiedad cercana.

Ella trabajaba largas jornadas y él pasaba muchas tardes explorando los alrededores.

Fue durante una de esas tardes cuando encontró algo cerca del agua.

Un pequeño cocodrilo joven estaba atrapado entre ramas y restos arrastrados por una tormenta.

Mateo tuvo miedo.

Pero también sintió curiosidad.

Buscó ayuda y logró que el animal fuera liberado sin lastimarlo.

Desde aquel momento comenzó una historia que jamás imaginó volver a recordar tantos años después.

Durante meses Mateo observó al pequeño animal

Nunca fue una mascota.

Mateo entendía que seguía siendo un animal salvaje.

Por eso mantenía distancia y respetaba su espacio.

Pero comenzó a reconocerlo cada vez que aparecía cerca de aquella zona.

Había una característica imposible de confundir.

Una pequeña marca junto a uno de sus ojos.

Exactamente la misma marca que Mateo acababa de observar en el gigantesco cocodrilo frente a él.

Con el paso del tiempo, su familia abandonó aquella zona.

Mateo nunca volvió a ver al animal.

Hasta aquella noche.

Pero había un problema con aquella explicación

Habían pasado demasiados años.

Mateo no podía estar completamente seguro.

Podía tratarse simplemente de otro animal con una marca similar.

Y si estaba equivocado, permanecer dentro del agua era extremadamente peligroso.

Ferrer parecía entenderlo.

—Mateo —dijo seriamente desde la orilla—. No hagas ningún movimiento brusco.

Mateo continuó mirando al cocodrilo.

—Si eres tú…

Se detuvo.

El animal permaneció inmóvil.

La tensión aumentó.

Algunos invitados comenzaron a alejarse de la orilla.

Otros permanecieron completamente paralizados observando.

Entonces el cocodrilo hizo un movimiento

Su enorme cabeza descendió lentamente.

El agua comenzó a moverse alrededor de su cuerpo.

Mateo dio medio paso hacia atrás.

—Está moviéndose —dijo alguien.

Ferrer levantó una mano.

—Todos atrás.

Los invitados obedecieron.

El cocodrilo desapareció parcialmente bajo la superficie.

Durante un segundo nadie pudo determinar hacia dónde se dirigía.

Mateo buscó su silueta.

Entonces volvió a verla.

El animal estaba moviéndose nuevamente.

Pero esta vez algo era diferente.

El comportamiento del animal desconcertó al dueño de la finca

Ferrer conocía perfectamente los animales que habitaban aquel lago.

Había personal especializado encargado de mantener aquella zona vigilada y alejada de los invitados.

Por eso sabía que nadie debía interpretar la quietud de un animal salvaje como una garantía de seguridad.

Sin embargo, tampoco podía ignorar lo que acababa de presenciar.

—¿Quién eres realmente? —murmuró mientras observaba a Mateo.

Uno de sus empleados lo escuchó.

—¿Señor?

Ferrer negó con la cabeza.

—Nada.

Pero la pregunta permaneció en su mente.

Mateo había aparecido vestido como alguien que apenas tenía dinero.

Había aceptado un reto absurdo sin demostrar miedo.

Y ahora afirmaba conocer a uno de los cocodrilos de su propiedad desde muchos años atrás.

Demasiadas coincidencias.

Mateo comenzó a sospechar que Ferrer sabía algo

Sin apartar completamente la mirada del animal, Mateo observó brevemente al empresario.

Ferrer tenía una expresión extraña.

No parecía únicamente sorprendido.

Parecía preocupado.

Mateo recordó entonces algo que su madre le había contado muchos años atrás.

Una historia sobre aquellas tierras.

Sobre el antiguo propietario.

Y sobre una decisión que había obligado a su familia a marcharse.

Mateo nunca había conseguido conocer todos los detalles.

Su madre se negaba a hablar demasiado del asunto.

Pero antes de partir había guardado documentos, fotografías y una vieja carta.

Una carta donde aparecía un apellido.

Ferrer.

Los cuarenta millones dejaron de ser lo importante

Mateo había entrado al lago por el desafío.

Pero ahora comprendía que podía haber encontrado algo mucho más importante que el premio.

Una conexión con su pasado.

El cocodrilo continuaba frente a él.

Ferrer observaba desde la orilla.

Y decenas de invitados permanecían completamente en silencio.

Entonces Mateo volvió a hablar suavemente hacia el animal.

—Vamos…

El cocodrilo levantó nuevamente la cabeza.

Mateo sintió un escalofrío.

La pequeña marca seguía allí.

Era exactamente donde la recordaba.

Pero todavía necesitaba una señal.

Algo que confirmara que no estaba confundiendo sus recuerdos con la realidad.

Ferrer ordenó que nadie se acercara

—Que nadie entre al agua —ordenó.

Uno de sus empleados preguntó:

—¿Sacamos al muchacho?

—Todavía no.

El empleado lo miró sorprendido.

—Pero, señor…

Ferrer levantó la mano.

—Espera.

El empresario había reconocido algo.

No en el cocodrilo.

En Mateo.

La forma en que pronunciaba ciertas palabras.

La mirada.

Incluso algunos rasgos de su rostro comenzaban a resultarle extrañamente familiares.

Ferrer dio un paso hacia la orilla.

—Muchacho.

Mateo giró ligeramente.

—¿Cómo dijiste que te llamabas?

—Mateo.

—¿Mateo qué?

Antes de que pudiera responder, el agua volvió a moverse.

El enorme cocodrilo comenzó a acercarse otra vez

Varias personas gritaron.

Mateo giró inmediatamente.

La criatura estaba avanzando.

Esta vez mucho más lentamente.

Mateo permaneció quieto.

—Amigo…

El cocodrilo continuó.

Un metro.

Después menos.

Mateo podía ver perfectamente sus ojos.

Podía ver el agua cayendo desde sus escamas.

Ferrer dio otro paso hacia delante.

—Mateo, retrocede.

Pero Mateo no obedeció.

Había esperado demasiados años para descubrir si aquel recuerdo seguía existiendo.

Entonces llegó el momento que nadie pudo explicar

El cocodrilo se detuvo nuevamente.

Esta vez estaba mucho más cerca.

Mateo levantó lentamente una mano, pero no intentó tocarlo.

Simplemente la mantuvo visible.

—Si realmente eres tú…

El animal fijó la mirada.

Mateo tragó saliva.

Por primera vez desde que había entrado al agua, parecía emocionado.

—Recuérdame.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada.

Entonces el cocodrilo comenzó a realizar un movimiento inesperado.

Ferrer abrió los ojos.

Los invitados retrocedieron.

Mateo permaneció inmóvil.

Pero justo antes de que todos pudieran entender lo que estaba haciendo el animal, Ferrer reconoció finalmente el apellido que Mateo estaba a punto de decir.

Y su expresión cambió por completo.

Porque el joven que estaba dentro de aquel lago no era simplemente un desconocido que había aparecido en su fiesta.

Su familia estaba relacionada con aquellas tierras desde mucho antes de que Ferrer organizara fiestas millonarias allí.

Y si el cocodrilo realmente reconocía a Mateo, podía convertirse en la primera pieza de una historia que Ferrer había creído enterrada durante años.

Ahora había dos preguntas que todos querían responder:

¿Realmente aquel enorme cocodrilo recordaba a Mateo después de tantos años?

Y todavía más importante:

¿por qué el señor Ferrer parecía conocer la historia que Mateo estaba intentando descubrir?

La respuesta estaba a punto de cambiar completamente aquella noche.

Historia ficticia creada con fines de entretenimiento. Los cocodrilos son animales salvajes y peligrosos; la situación descrita no debe intentarse ni imitarse.