Intentaron quitarle la cadena al nuevo y descubrieron un gran secreto

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Mateo llevaba muy poco tiempo en aquel centro penitenciario cuando comprendió que algunos internos tenían sus propias reglas.

A sus 28 años, había aprendido a mantener la calma incluso cuando alguien intentaba intimidarlo.

Aquella mañana estaba haciendo ejercicio tranquilamente en el patio cuando cuatro hombres caminaron directamente hacia él.

Al frente venía Bruno.

Todos parecían apartarse cuando lo veían pasar.

Pero esta vez Bruno no estaba interesado en demostrar quién tenía más influencia.

Había visto algo alrededor del cuello de Mateo.

Una cadena.

Y estaba convencido de que podía quedársela.

Bruno se detuvo frente al nuevo

Mateo continuaba haciendo flexiones cuando cuatro pares de zapatos aparecieron frente a sus manos.

Se detuvo.

Levantó lentamente la mirada.

Bruno estaba acompañado por tres hombres corpulentos que observaban la escena con pequeñas sonrisas.

—Bonita cadena, nuevo. Dámela.

Mateo se puso de pie y acomodó tranquilamente su uniforme.

No parecía impresionado por el tamaño de Bruno ni por los tres hombres que lo acompañaban.

—Es mía.

La respuesta hizo desaparecer algunas de las sonrisas alrededor.

“Aquí lo tuyo es mío”

Bruno soltó una pequeña risa.

Después dio un paso hacia Mateo.

—Eso era afuera. Aquí lo tuyo es mío.

Mateo sostuvo su mirada.

—¿Así funciona?

Bruno interpretó la pregunta como una señal de que el nuevo comenzaba a entender.

—Exacto. Vas aprendiendo rápido.

Los tres hombres detrás de él sonrieron.

Pero Mateo no estaba aceptando ninguna regla.

Solo quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar Bruno.

La cadena no parecía común

A simple vista podía parecer una joya costosa.

Era pesada, llamativa y tenía un pequeño medallón metálico con un símbolo grabado.

Pero su verdadero valor para Mateo no tenía relación con el dinero.

Por eso, cuando Bruno volvió a señalarla, su expresión cambió ligeramente.

—Vamos, nuevo. Quítatela.

Mateo miró la cadena durante un instante.

Después levantó los ojos.

—¿Y si no quiero?

Esta vez Bruno dejó de sonreír.

El patio comenzó a quedarse en silencio

Varios internos que estaban haciendo ejercicio empezaron a observar discretamente.

Otros dejaron de conversar.

Conocían perfectamente a Bruno.

Estaban acostumbrados a verlo conseguir lo que quería simplemente intimidando a los recién llegados.

Lo extraño era la reacción de Mateo.

No retrocedía.

No levantaba la voz.

Ni siquiera parecía nervioso.

Bruno acercó su rostro.

—Pobre idiota. ¿Todavía crees que aquí puedes decir que no?

Mateo permaneció completamente quieto.

—Dámela antes de que te la quite yo.

Entonces Mateo hizo algo inesperado

Bruno levantó lentamente una mano hacia la cadena.

Sus dedos estaban a pocos centímetros del metal cuando Mateo sonrió.

No fue una sonrisa nerviosa.

Fue exactamente lo contrario.

Parecía estar esperando ese momento.

Bruno detuvo la mano.

—¿De qué te ríes?

Mateo miró primero la mano de Bruno.

Después miró directamente a sus ojos.

—De que no tienes idea de lo que estás intentando quitarme.

Bruno frunció el ceño.

Había una historia detrás de aquella joya

Mateo había recibido la cadena muchos años antes.

No la utilizaba para presumir.

De hecho, normalmente prefería mantenerla escondida debajo de la camiseta.

Pero aquel día había quedado visible mientras hacía ejercicio.

El pequeño símbolo grabado en el medallón era mucho más importante que el valor económico de la pieza.

Y Mateo sabía que ciertas personas podían reconocerlo inmediatamente.

Bruno todavía no era una de ellas.

—¿Ahora vas a decirme que esa cadena es especial? —preguntó burlándose.

Mateo volvió a ocultar su sonrisa.

—Para algunas personas, sí.

Bruno decidió continuar

Uno de sus compañeros se acercó.

—Bruno, déjalo. Ya entendió.

Pero aquella frase consiguió exactamente lo contrario.

Bruno sintió que todos estaban observándolo.

Retroceder frente al nuevo podía hacerle perder la imagen que había construido durante años.

—No —respondió—. Todavía no entendió nada.

Señaló nuevamente la cadena.

—Última oportunidad.

Mateo negó lentamente con la cabeza.

—No.

Un murmullo recorrió el patio.

Alguien observaba desde el otro extremo

Lo que Bruno no había notado era que un interno de mayor edad acababa de salir al patio.

El hombre caminaba lentamente acompañado por otros dos reclusos.

Tenía alrededor de 55 años y llevaba décadas entrando y saliendo de diferentes centros.

Todos lo conocían simplemente como Salazar.

Cuando vio el grupo reunido alrededor de Mateo, inicialmente no mostró interés.

Pero entonces observó la cadena.

Se detuvo inmediatamente.

Sus acompañantes también.

—Espera —murmuró Salazar.

El símbolo le resultaba demasiado familiar

Salazar entrecerró los ojos intentando observar mejor.

No podía creer lo que estaba viendo.

Hacía muchos años que no encontraba aquel símbolo.

Y definitivamente no esperaba verlo alrededor del cuello de un recién llegado.

Uno de sus acompañantes preguntó:

—¿Qué pasa?

Salazar no respondió.

Comenzó a caminar directamente hacia Mateo.

Mientras tanto, Bruno seguía completamente concentrado en demostrar que nadie podía desafiarlo.

Bruno volvió a acercar la mano

—Se terminó el juego —dijo.

Mateo no se movió.

Bruno levantó nuevamente la mano.

Pero antes de alcanzar la cadena, una voz surgió desde detrás del grupo.

—Yo no haría eso.

Bruno se detuvo.

Todos voltearon.

Salazar estaba a pocos metros.

La expresión de Bruno cambió.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Salazar ignoró completamente sus palabras.

Sus ojos seguían clavados en el medallón.

“¿De dónde sacaste esa cadena?”

Salazar se acercó a Mateo.

Por primera vez desde que comenzó la situación, Mateo dejó de mirar a Bruno.

—¿De dónde sacaste esa cadena? —preguntó Salazar.

Mateo permaneció callado durante unos segundos.

—Era de mi padre.

El rostro de Salazar cambió inmediatamente.

Bruno miró a ambos sin entender nada.

—¿Qué tiene de especial una cadena?

Salazar finalmente lo miró.

—No es la cadena.

Señaló el pequeño símbolo.

—Es eso.

Bruno comenzó a darse cuenta de que algo estaba mal

Las personas que rodeaban la escena dejaron de sonreír.

Salazar era uno de los pocos hombres a los que Bruno trataba con cierto respeto.

Si él estaba preocupado por aquel símbolo, debía existir una razón.

—¿Lo conoces? —preguntó Bruno.

Salazar no respondió inmediatamente.

Miró nuevamente a Mateo.

—¿Cómo se llamaba tu padre?

Mateo mencionó un nombre.

Salazar quedó completamente inmóvil.

Uno de los hombres que estaba detrás de él abrió los ojos sorprendido.

Bruno lo notó.

—¿Quién era?

La respuesta dejó más preguntas que respuestas

Salazar respiró profundamente.

—Alguien a quien conocí hace mucho tiempo.

Mateo parecía haber esperado una reacción similar.

—Entonces sí lo conociste.

Salazar asintió.

—Mucho más de lo que imaginas.

Bruno retrocedió medio paso.

Ya no estaba interesado únicamente en la cadena.

Ahora quería entender por qué aquel recién llegado parecía tener una historia que nadie conocía.

Mateo llevaba tiempo buscando respuestas

Su llegada a aquel lugar no había borrado las preguntas que tenía sobre su familia.

La cadena era una de las pocas pertenencias que conservaba de su padre.

Durante años había escuchado versiones contradictorias sobre quién había sido realmente.

Algunas personas hablaban de él con enorme respeto.

Otras preferían cambiar de conversación apenas escuchaban su nombre.

Mateo nunca había conseguido entender por qué.

Hasta ese momento.

Porque la expresión de Salazar demostraba que conocía una parte importante de aquella historia.

Bruno intentó recuperar el control

—No me importa quién era su padre —dijo finalmente—. Aquí todos somos iguales.

Salazar lo miró seriamente.

—Entonces deberías dejarlo tranquilo.

Bruno apretó la mandíbula.

Había demasiadas personas observando.

No quería parecer intimidado.

—Yo decido a quién dejo tranquilo.

Salazar sonrió ligeramente.

—Ese siempre ha sido tu problema. Crees que sabes todo lo que ocurre aquí.

Mateo permaneció en silencio.

Entonces Salazar reveló una última pista

Antes de marcharse, volvió a observar el medallón.

—Guárdala bien.

Mateo sostuvo la cadena con una mano.

—¿Por qué?

Salazar miró hacia Bruno.

Después volvió hacia Mateo.

—Porque si la persona correcta descubre que tienes esa cadena, vendrá a buscarte.

Mateo frunció el ceño.

—¿Quién?

Salazar comenzó a caminar.

—Alguien que lleva muchos años esperando encontrar al hijo de su antiguo dueño.

Mateo quedó inmóvil.

Bruno también.

La cadena acababa de convertirse en algo mucho más importante

Lo que había comenzado como un intento de intimidación había abierto una puerta hacia el pasado de Mateo.

Bruno ya no miraba aquella pieza de la misma manera.

Y Mateo acababa de descubrir que su padre había tenido vínculos que nadie le había explicado.

Pero todavía faltaba la pregunta más importante.

¿Quién era la persona que supuestamente llevaba años buscándolo?

Mateo observó a Salazar alejarse y apretó el medallón entre sus dedos.

Por primera vez desde que había llegado, su expresión dejó de ser completamente tranquila.

Porque ahora sabía que aquella cadena no solo guardaba un recuerdo.

También podía conducirlo directamente hacia un secreto sobre su padre que había permanecido oculto durante años.

Historia ficticia creada con fines de entretenimiento.